viernes, 23 de agosto de 2013

2208

La niña que baila fabricó una estrella
y su mano nívea se abrazó a la mía.
Sus ojos siguieron mis lágrimas dulces
de tanto quererla, de soñarla tanto.

La niña ya duerme y yo rezo a su lado
y tejo plegarias que le den abrigo.
Sus mejillas tibias reflejan la luna
y tiene perfume de jazmines blancos

La niña suspira, me bebo su aliento,
dibujo su frente con una caricia
trazando el perfil de mi amor en ella.
La arrullo con voces que traen recuerdos.

La niña despierta, sonríe, me observa…
y besa en mi pecho su pan de magnolias.
Tanto la esperaba que perdí su nombre
palpando en mi vientre su amarra de ombligo.

La niña que baila fabricó una estrella.
La dejó en mi pelo. 


viernes, 28 de junio de 2013

Miss Bennett

Existe un instante preciso de los plenilunios de verano en que, si uno se asoma desde la fuente de la calle Sucre, la luna se alinea perfecta, esférica, refulgente, con la aguja de la Glorieta de Barrancas de Belgrano. Como un disco de papel níveo que en su vuelo ascendente sobre el perfil en caos de antenas, cables y chimeneas, hubiera quedado atrapado por el alfiler emergente de la pagoda de zinc. El momento es exacto y breve, como suele suceder con las visiones imposibles. El lapso imperceptible en que la penumbra agonizante muta en el azul indefinido que da paso a los primeros indicios de la oscuridad. La magia se percibe en el peso húmedo y denso del aire y quizás, con un poco de oficio y visión entrenada, se consigue limpiar la mirada de la memoria inmediata y descubrir al Eternauta y al tornero Franco agazapados tras la baranda herrumbrosa del basamento.
Detrás de la onda voluptuosa de la glorieta estalla estridente un Jacarandá y bajo la bóveda de madera blanca obra el milagro. Los compases de una milonga ronca escapan anárquicos de los parlantes y sobre la grilla del piso los pies se deslizan y entreveran, los cuerpos se quiebran, se sostienen, se yuxtaponen, atrapados en un sopor narcótico que los comanda como si fueran marionetas alucinadas. Observando desde perímetro de hierro forjado, se desdibujan los escalafones, los credos, las edades, los dialectos. Sólo prevalece la música y los contornos acoplados de caballeros y damas que se funden en un firulete infinito, serpenteante, cósmico.
Hace algunos años, amalgamados en la misma masa de feligreses y presos del mismo conjuro, Miss Bennett y Ying Hao desandaban el enredo de sus propios pasos sobre la pista. Yo no llegué a verlos pero Don Blas, que ya en esa época estaba a cargo de los discos, me contó la historia. Miss Bennett había llegado a Buenos Aires como ama de llaves de la embajada de Australia, distante unas pocas cuadras de la plaza. Había descubierto la milonga de la glorieta en una de sus caminatas vespertinas. Se había aproximado curiosa y al subir un par de peldaños de la escalinata de Carrara, alguna mano tomó su brazo y la condujo en una sucesión de giros, cortes y cadenas que ella trató de seguir con torpeza, pero que terminaron por quebrar su recelosa resistencia. Tarde tras tarde regresaba a rendir culto a una adicción involuntaria que la invadía y le costaba reconocer en su fatigado corazón, pero que llenaba de color y música sus horas de descanso y su anatomía veterana.
Ying Hao, en cambio, trepó desde el barrio Chino hasta la glorieta en un deliberado intento de descubrir por sí mismo aquello que su hermano le había anticipado: “cruzando las vías, en la ladera del parque, algunos argentinos se reúnen a bailar una danza extraña, parece que es la costumbre por aquí…” Para cuando se animó a posar el primer pie sobre la pista, después de estudiar con una conciencia analítica las secuencias y repeticiones que observaba, asumió que el idioma sería una barrera infranqueable en el abordaje de una compañera y decidió practicar solo, ciñendo por la cintura un espectro sólo visible a sus ojos.

Quizás por la convicción con que Ying Hao guiaba los pasos de su pareja imaginaria, ningún parroquiano lo interrumpió en su danza solitaria. Sólo Miss Bennett, desde el extremo opuesto de la pista, decodificó el motivo de su aislamiento en la timidez de sus gestos. Se aproximó a Ying y lo saludó sonriente en un rudimentario chino mandarín que había heredado de los albores de su “carrera diplomática” como cocinera del consulado en Hong Kong. Sorprendido, Ying Hao irguió su cabeza, abrió sus ojos estrechos y arqueó las cejas expresando el asombro de escuchar sonidos conocidos más allá de la calle Arribeños. Miss Bennett le devolvía una sonrisa franca y le extendía la mano blanca, convidándolo a seguirla en comunión con el bandoneón canyengue que alentaba a reanudar la rueda. Sonaba “Tinta Roja” y sumergidos en un abrazo de principiantes, se aislaron del mundo a través de los melancólicos compases, dibujando en las baldosas una estela sensual y transparente. Con el acorde final, Ying estrechó la mano de Miss Bennett agradeciendo con sinceridad la deferencia, y escapó barrancas abajo, exultante, abordado por un entusiasmo inesperado, su cuerpo aún vibrando con la música que llegaba desde la glorieta. Ella lo siguió con la mirada, satisfecha y segura de haber sumado un discípulo a la cofradía arrabalera.
La tarde siguiente fue Ying Hao quien se acercó a Miss Bennett para invitarle una pieza. En un mar en movimiento de personas anónimas y diferentes, sus ojos se aferraron al rostro amable, iluminado de su compañera, como náufrago a su balsa improvisada. Desde entonces, así se sucedieron los atardeceres en la glorieta, ambos fieles a la cita, intercambiando diálogos breves, sonrisas amigas, emocionadas, compartiendo el refugio sonoro y circular para su nostalgia por las antípodas. Habían nacido sobre un mismo meridiano, habían surcado mares y decenios, para repetir cada tarde, en una plaza tachonada de faroles al otro lado del mundo, la ceremonia secreta de dos extraños forasteros.
Un atardecer de nubes rojas, de esas que presagian las tormentas, Ying acudió puntual a la glorieta. Ya había algunas parejas arrastrando sus pisadas sobre el pavimento gastado y otras se fueron sumando con la sucesión de tangos y valsecitos. Miss Bennett nunca llegó esa tarde, y tampoco lo hizo la tarde siguiente, ni el resto de las tardes en que Ying regresó para hurgar desconcertado entre las miradas y los cuerpos. Nadie pudo contarle lo poco que se sabía sobre el motivo de su desamparo. Nadie supo cómo. Nadie conocía las palabras. Los gestos eran vagos e insuficientes. Derrotados, acordaron dejar que bailara una milonga eterna con su pareja vacía, atrapando el aire con el arco de sus brazos, como la primera tarde en la glorieta. Sólo algunos observadores aguzados advertían, en las nochecitas mágicas de luna llena, al fantasma de Miss Bennett ensayando ochos y contrapiés, habitando para siempre su abrazo devastado.

viernes, 14 de diciembre de 2012

La elegancia del erizo- Desolación de las revueltas mongoles

"...Entonces, tomemos una taza de té. Como Kakuzo Okakura, el autor de El libro del té, que se lamentaba de la revuelta de las tribus mongoles en el siglo XIII no porque hubiera traído consigo muerte y desolación, sino porque había destruido, entre los frutos de la cultura Song, el más preciado de ellos, el arte del té, sé como él que no es un brebaje menor. Cuando deviene ritual, constituye la esencia de la aptitud para ver la grandeza en las cosas pequeñas. ¿Dónde se encuentra la belleza? ¿En las grandes cosas que, como las demás, están condenadas a morir, o bien en las pequeñas que, sin pretensiones, saben engastar en el instante una gema de infinitud? El ritual del té, esta repetición precisa de los mismos gestos y de la misma degustación, este acceso a sensaciones sencillas, auténticas y refinadas, esta licencia otorgada a cada uno, sin mucho esfuerzo, para convertirse en un aristócrata del gusto, porque el té es la bebida de los ricos como lo es de los pobres, el ritual del té, pues, tiene la extraordinaria virtud de introducir en el absurdo de nuestras vidas una brecha de armonía serena. Si, el universo conspira a la vacuidad, las almas perdidas lloran la belleza, la insignificancia nos rodea. Entonces, tomemos una taza de té. Se hace el silencio, fuera se oye soplar el viento, crujen las hojas de otoño y levantan el vuelo, el gato duerme, bañado en una cálida luz. Y, en cada sorbo, el tiempo se sublima".

sábado, 20 de octubre de 2012

El viaje

De un neurótico volcán nos descolgamos
por laderas de orquídeas y quetzales
a las tierras australes de tu sangre
donde el cielo se funde con el río…
para echar este milagro hacia los vientos
y apretar el abrazo en la distancia…
para andar las huellas de los tuyos
y acercar los pasos de los míos…

Los amigos fueron puente y lo cruzamos
hacia un sol destellando primaveras.
Añorando los sonidos de la selva
la memoria a cinco voces nos dio abrigo.
Y empezamos a soñar con este día,
el primero de esta vida que te entrego,
el primero de esta historia que contamos,
el primero de este viaje que emprendimos.  

Será al fin que te nombré mi territorio
y tu amor lo habita soberano.
Al despertar los amaneceres eternos
recordaré por qué nos elegimos.
Cada día me buscaré en tus brazos
y en tu sonrisa de pan de la mañana.
Tu corazón de fuego será mi lumbre…
en mi melena de noche harás tu nido.

lunes, 30 de julio de 2012

Alas

Ahora solo quiero la luz,
tu mirada calma y el aliento de tu boca…
Ahora solo quiero volar
y soltar el lastre de esta noche eterna,
y soñar con tu abrazo
que me llena de flores…
y besar tu sonrisa
cuando me recuerdes.
Si Dios nos puso en esta hora
fue para nombrarte mi escudo,
para darme tus alas,
y habitar en tu mundo de pájaros y soles,
para sanarme en vida,
para lavar mis heridas
y dormir en tu pecho las vigilias negras,
para revelar de a poco
tu corazón inabarcable…
para ser feliz al fin,
alcanzar mis sueños y entregarte todo.
Ahora solo quiero la luz…
y llevarme este amor que me salvó del espanto
y dejarte la paz de haber vivido el milagro.

domingo, 6 de mayo de 2012

Los venenos

Blanca sabe de fórmulas y alquimias. Conoce las propiedades de la eufrasia y el alcanfor, el peso de los elementos, el color de los jarabes, y la dosis exacta para analgésicos y purgas. Pero su vademécum de certezas se evapora, se volatiliza al crisol de su corazón apasionado, mientras espera la hora prometida…


Blanca llegó cuando Rosario lloraba a Bordabehere. El barrio entero desconfió de la pericia de la nueva boticaria, como lo había hecho unos meses antes la mesa examinadora que accedió, no sin recelo ni desconcierto, a que una mujer egresara por primera vez de esa casa de estudios. Con el tiempo, prejuicios y suspicacias cedieron a su modo afable y sus ojos de turmalina negra. La “Farmacia El Progreso, de Blanca E. Vallejos”, como orgullosamente pendía entre filetes y flores sobre la puerta con biseles, terminó por convertirse en el centro social y político al este de la estación. Bajo la tutela de la cínica sonrisa de un Geniol martirizado, se amalgamaban debates ideológicos, críticas literarias y chismes a la orden del día.

Para Blanca la farmacia era su mundo, lo contenía por completo. Nada de su vida excedía los muros. Ella y su madre, Doña Clara, compartían vivienda detrás del salón con Pio, un gato persa de denominación pontificia y modales cortesanos que el Padre Lázaro les había encomendado como herencia al dejar la parroquia. Todo lo que necesitaba cabía en ese perímetro en ochava al que se dedicaba por completo y Blanca despedía el medio siglo protegida en su baluarte de Galeno, donde hubiese podido resistir eternamente a base de discos de Oscar Alemán, anises vespertinos, crucigramas de “La Capital”...al amparo del Sagrado Corazón, que impartía bendiciones desde el centro de la sala.

Hasta que un día conoció a Carlos…

Fue al final de un otoño de tempestades y borrascas. Carlos estacionó el Plymouth azul, interminable, frente a las vitrinas y desde el mostrador, Blanca lo observó paralizada transitar los pocos metros hasta la farmacia, protegiéndose de la lluvia con un maletín definitivamente insuficiente. De chambergo y sobretodo implacables, al abrir la puerta saludó con cortesía y se presentó como el nuevo visitador médico para la zona. Cuando estrechó su mano, Blanca sintió temblar los anaqueles y corrió a persignarse detrás del terciopelo verde que separaba la botica del laboratorio. Desde ese momento supo que no habría antídoto ni poción contra esa mirada lacerante que le erizaba la piel. La herida fue certera y profunda. Letal. Y fue un veneno dulce… y la agonía fue lenta…

Carlos volvía cada quincena, y Blanca disimulaba lo poco que podía la voz trémula y el sudor helado que le corría por la frente. Si nunca había sentido la sed urgente de una boca imposible, por qué debía enfrentar ahora este ejército de emociones rebeladas?

Una tarde de pocos clientes y demonios en el aire, Carlos la besó… Blanca no se resistió, no pudo resistirse. Solo atinó a entornar la puerta que daba al patio donde Doña Clara persistía en su siesta de canarios y malvones. Las pesadas persianas del frente cayeron y los clientes se sorprendieron de encontrar la farmacia cerrada tan temprano... como empezó a estarlo desde entonces, cada 15 días.

Carlos hablaba un idioma que Blanca nunca había escuchado: pasión, perfume, deseo, cuerpos, fuego, labios, caricias… Para cuando ella aprendió a balbucear las primeras palabras del dialecto maldito, escuchó de su boca que tenía mujer y Blanca se vio ardiendo en el infierno. Ese día se despidieron con la promesa de Carlos de volver por ella para escapar de todo. Blanca asintió estremecida y pasó la noche en vela, con el rosario entre las manos, rogando entre lágrimas por un perdón que nunca llegaría: el de ella misma.

Por la mañana, policías y curiosos se agolpaban contra los cristales. Blanca dormía para siempre, sobre el mármol gélido del laboratorio, su sueño de polvos fraccionados mientras Pio se enredaba entre las piernas inertes que pendían del taburete.

Dicen que el Plymouth azul nunca volvió al barrio.

sábado, 6 de agosto de 2011

Fase 1: El deseo. Hito 2

A días de celebrar mis 40 años, hito que había decidido calificar como el "final de mi adolescencia", como una premonición, como una señal de que todo en mi mundo estaba cambiando, me informaron que recibiría una mención especial por el cuento que había presentado en para un concurso literario, y que esa mención se transformaría en la publicación de un libro.
Quise que la llegada de esta noticia en un momento tan especial de mi vida, me significara un presagio de que el camino que estaba tratando de iniciar, me llevaría hacia algún lugar, lo más cercano posible, a lo que espero de esta vocación de escribir....
Mis palabras, por primera vez publicadas, se tranformarían en una obligación ineludible de no dejar el sendero, de mantenerme trabajando por este proyecto... de mantenerme creyendo en este proyecto...
La crisálida persiste... pero la metamorfosis avanza constante... subsiste...

viernes, 6 de mayo de 2011

Último Capítulo

- Elsa Malavecchia de González…Viuda de Fermín González, en realidad… Libreta Cívica 3388547…47, sí… como le venía diciendo oficial,…
Comisaría 34. El calor ocupaba todo el espacio como un lodo traslúcido… Mientras informaba sus datos, Elsa repasaba con la mirada las esquinas del cielorraso, calculando el largo del plumero que las liberara de aquel engarce de telas de araña, moscas y plumas minúsculas. Un ventilador chirriante pendía en el centro de la habitación, cortando el aire a un ritmo agónico, terminal, al tiempo que un trío de alguaciles repetía su danza suicida contra los tubos fluorescentes. Elsa trazaba con su índice un surco sobre el polvo del mostrador, y ahora concluía que efectivamente debía hacer ya varias semanas que nadie acercaba franela alguna por esas tablas. Detrás de ella, dos travestis desgreñados esperaban turno mascando al unísono. Elsa los espiaba a intervalos, deseando tener más tiempo para explayarse sobre los hechos…
- … y es que yo sigo la telenovela esta todas la tardes, “Conjuro de amor”, usted la sigue oficial? Ah no? Su señora?.. a no está casado? Y que está esperando?… a su edad, Fermín ya me había hecho madre de dos criaturas… bueno, sí, que siga, que siga… le decía… que ´”Conjuro de amor” empieza a las tres, cuando me levanto de mi siesta religiosa. Ah, sí! Yo todos los días me acuesto un horita a descansar la espalda, vio? Sobre todo después del ataque del ciático que tuve hace unos meses. Mi amiga Chola me dice que empiece yoga, que me va a hacer bien, pero no sé, a mi edad… meterme con eso… Así es como se termina en esas sectas que no hacen más que sacarle la plata a una…. Bueno, sí, sigo, sigo… es muy impaciente usted…. Entonces… que a las tres empieza la novela. Me preparo unos mates, es mi momento preferido del día… Tengo un televisor en la cocina, no? Que da a la placita de la avenida, ahí donde hace unos días encontraron el bebé abandonado, se enteró? Virgen Santa!!! Como hay gente que no tiene corazón, traer un bebé al mundo y entregarlo como si fuera un trapo, por si hay alguien que se apiade… Yo me hubiera hecho cargo pero ya lo tengo al Monchi, que es pequinés pero bastante tranquilo. Ni se siente el pobre… Ah, sí. Que siga con el relato, no? Es que usted me cae simpático, quién diría tan serio, pero no sé qué tiene que me hace acordar a… bueno, bueno, sigo… Y no vaya usted a creer que justo a las tres, justo, justo, empieza la gente de la murga, esta que se junta a ensayar en la placita. ¿Qué injusticia, no? Toda la santa hora con el chichungui, chichungui, que platillos, que bombos, que cornetas,… yo no sé, este país siempre copiando lo extranjero. ¿De dónde salió todo esto? Y con el calor que está haciendo… no me diga, ¿Quién puede estar con la ventana cerrada? …La cosa es que yo, que nunca molesté a nadie, no llego a escuchar nada de lo que dice la tele… Lo único que pido oficial... Ah! ¿Cabo? Bueno, cabo… en mis tiempos el carnaval no era así. Había baile en el club, cantaba Goyeneche, siempre me acuerdo, pero en la calle no se molestaba a nadie… ahora, estos de la placita ¡Por favor! Habrase visto ¡Un escándalo! No hay quien viva con ese barullo. ¡La murga! Usted viera el zafarrancho…En un barrio de gente tranquila, la verdad… Bueno tranquila, a no ser por la chica esta del séptimo, la debe haber visto por acá… Si dicen que recibe, y eso que el reglamento dice “no apto profesional”… Yo nunca lo vi, pero que se escucha, se escucha…
Pasaron los días y nada cambió,… la murga siguió ensayando en la placita y Elsa desde la ventana esperó la aparición del patrullero que, en respuesta a su denuncia, acudiera a poner un poco de cordura… Los capítulos de “Conjuro de amor” avanzaban inexorablemente hacia el final en un intervalo de tiempo que se llenaba de gritos, tambores, y estruendo… y Elsa acercaba el oído al “Grundig” tratando de descifrar las últimas palabras de cada frase, de rescatar suspiros, caricias y latidos emocionados en medio de aquel aquelarre tribal que se colaba cada siesta hasta su cocina.
Pasaron los días, pasó la semana y llegó el sábado… Horario especial, central, a las nueve. Último capítulo. Los avances prometían además, una entrevista previa a los actores y un concurso telefónico en el que adivinando el desenlace de la historia entre tres opciones, se accedía a una entrevista con el galán protagonista. Elsa saboreaba anticipadamente el premio a tantas privaciones. Dios había accedido a sus súplicas devotas y esa noche disfrutaría en el silencio y la tranquilidad propicios el final esperado. Bajó de la alacena un frasco de escabeche que tenía reservado para ocasiones especiales, descorchó un rezago de Nochebuena y, acodada sobre el hule del mantel, esperó los acordes milagrosos del violín agonizante que anunciaran desde el televisor la hora tan ansiada.
Pero a medida que se acercaba el horario de la cita, los ruidos desde la calle crecían al ritmo de la ansiedad de Elsa. Cinco minutos antes de las nueve, como un trueno del infierno, como un grito desgarrado que le estremeció las entrañas, se escuchó el primer repique de la percusión principal. Desde la placita, la murga, más escandalosa que nunca, inició su marcha hacia el corso en la avenida. Elsa se apresuró a cerrar la ventana, a correr cortinas y tapar con diarios las hendijas del marco deformado, dispuesta a la asfixia antes de que el carnaval le robara la gloria, mientras el barrio se apretaba bajo las guirnaldas de banderines y lamparitas, copiando contorsiones y saltos. Elsa contemplaba desahuciada aquella masa informe de lentejuelas y flecos, sombreros, borlas, moños y charreteras, que se arrastraba por la avenida como una serpiente china, haciendo trepar a las cornisas de aquella noche sofocada un himno frenético al que se sumaban todos … hasta la Chola, que la saludaba exultante, agitando un repasador desde el balcón de en frente. Monchi saltaba del sillón al sofá y ladraba desaforado sumándose al festejo mientras Elsa, desplomada en la silla de la cocina, dejaba que las lágrimas lavaran de sus mejillas la impotencia, y un beso eterno llenaba la pantalla muda.
Por no sentirse tan sola, por no pensar en cómo “Conjuro de amor” se había extinguido sin que ella pudiera dar fe de lo que los protagonistas tenían para decirse después de tanto silencio, Elsa bajó a mezclarse con la gente y, con su pasos cortos y torpes, bailó esa noche con el fantasma de Fermín, que le acariciaba el pelo erizado de “Spray”. Pero al momento que intentó un movimiento más osado, un globo de agua estalló en sus tobillos y resbaló irremediablemente sobre un banco que la esperó con el filo más agudo de sus bordes.
… Esa noche la guardia de emergencias se llenó de carnaval. Omar, el primer tambor, se llevó a Elsa en la camioneta hasta el hospital para que limpiaran y cocieran la herida que cruzaba sobre su ceja. Toda la murga esperaba el parte a las puertas de la sala. La cabeza de Elsa giraba como sumergida en un remolino convulsionado en el que se mezclaban los besos de “Conjuro de amor”, las guirnaldas de la avenida y los hijos de Jaime, el verdulero peruano de la esquina, bailando abrazados en la vereda. A su lado, la chica del séptimo le tomaba la mano, esperando que reaccionara de la anestesia….

lunes, 27 de septiembre de 2010

rayuela- capitulo 7

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

lunes, 23 de agosto de 2010

para lucy

humo de cigarros escondidos...
fue roxane en los oídos
de una noche prometida por gastar.
si pochola nos mirara ahora,
nos diría la rectora
“la imagen hay que cuidar”.

ya no toma más tía maría,
ya no pinta rebeldía,
ya la arena de regatas quedó atrás.
pero esta amistad alcanza y sobra
para hacerle a la memoria
homenaje una vez más.

y a hora a cantar, y ahora a cantar,
por estos 40 años de amistad.
y ahora a cantar, y ahora a cantar,
y brindemos por otros 40 más.

dos ciudades santas te abrigaron,
una extraña tu alegría
y en el kiosco tu sonrisa angelical.
la otra te acercó nuevos amigos,
una casa y los motivos
de juntar y celebrar.

bellas artes vuelan por el cielo,
“taponado” de luceros
y de amores imposibles por soñar.
y aunque hay media pampa de distancia,
los amigos de la infancia
también quisimos estar.

y a hora a cantar, y ahora a cantar,
por estos 40 años de amistad.
y ahora a cantar, y ahora a cantar,
y brindemos por otros 40 más.