miércoles, 26 de mayo de 2021

Luna de Tigre

Por sobre las palmas asoma la luna.

Se enreda en sus frondas

y se desenreda…

Persite en su vuelo hacia la promesa

que es también traición,

del eclipse rojo.

Y ella avanza lenta, quizás resignada,

sabiendo fatal su destino dulce,

buscando el altar donde será ofrenda.

Debajo sucede la vida y la noche,

las aguas, los besos, caminos y vías

como venas líquidas,

los techos dormidos, las ventanas francas,

la isla de jade engarzada en barro,

y una rueda mágica, presa en su letargo.

La luna lo observa con su iris de cíclope

ceñido de arrugas, mares y volcanes.

Sabe de memoria todos los rincones,

todos los secretos,

todas las heridas…

los ve cada noche, los mide, los pesa,

y los va arrastrando hasta el alba nueva.

El sol del otoño recoge cansino

las redes de bruma que suenan de pájaros.

En su piel de sal la luna hace un hueco

y al fin se deshace,

como la marea que lame la arena

y la vuelve espuma.

lunes, 11 de junio de 2018

Corazón de robot


Nacho tiene 7 años y es inventor.
No es que trabaje de eso porque cuando sos chico nadie te paga por tus inventos… pero es que le encanta inventar cosas, incluso más que andar en bici y comer milanesas.
Posiblemente le guste tanto porque su papá, que es ingeniero electronosequé, siempre le dice que está muy orgulloso de que compartan la misma vocación… no como su hermano Dani, que tiene 13 y lo único que quiere ser es jugador de fútbol.
La vocación es lo que hace que una cosa sea lo más que te guste hacer en el mundo. Tanto, que cuando seas grande vas a querer trabajar de eso y no te va a costar nada tener que estudiar antes para poder hacerlo mejor.
Es por eso que a veces su papá hasta le da permiso de ir a inventar al tallercito del fondo y usar sus herramientas, y le da consejos y le enseña trucos especiales, y ahí es donde le salen sus mejores inventos
Nacho es inventor desde que era re chiquito. Una vez inventó una máquina para separar las galletitas rellenas… y otra vez inventó un dispositivo secreto para bajar el tarro de dulce de leche de la repisa donde lo deja su mamá. Hasta inventó una rueda que cuando Cacho hace ejercicio suena como una cajita de música. Cacho es el cobayo que le regaló la abuela cuando cumplió 7.  Un cobayo es como un ratón gordo con las orejas más chiquitas y no tiene cola. Su mamá dice que, aunque parezca un ratón, Cacho no le da miedo y es un amor ver cómo le da a la ruedita.
Puede ser que en este invento lo haya ayudado bastante su papá, pero hicieron un pacto secreto y cada vez que Nacho dice que inventó solito la rueda musical, él le guiña un ojo.
De todos sus inventos, el más increíble y moderno es su robot espacial QZ22 Max. Max es el apellido. Nacho siempre le dice Max porque en el cole a él lo llaman por el apellido.
Para construirlo tuvo que juntar materiales por toda la casa y para no olvidarse cómo lo había armado, anotó todos los pasos en su cuaderno de inventos. Su papá le dijo que esto era para poder hacer mantenimiento después, y como mantenimiento es una palabra re difícil, debe ser importante estar preparado para hacerlo. 
Le quedó más o menos así:
·       Agarrar una lata de cerveza vacía que esté lisita y no abollada. Esto va a ser la panza.
·       Pintarla con pintura plateada del tallercito
·       Buscar 2 resortes gruesos como una fibra gruesa para hacerle las patas
·       Para hacer los pies usar 2 vasitos de yogur chiquitos y llenarlos de plastilina para que el robot no se caiga y se puedan meter los resortes de las patas
·       Para los brazos juntar 4 palitos de helado, lavarlos y unirlos con los ganchitos de agarrar papeles. 2 palitos en cada brazo y hacés el codo.
·       Para armar la cabeza usar un enchufe viejo, de esos que sirven para poner juntos muchos de los enchufes más chiquitos. Que las patas del enchufe te queden para arriba y sean como antenas
·       Pedirle a papá que junte todas las piezas a la panza y que se puedan seguir moviendo.
·       Volver a pintar con pintura plateada.
Cuando Max estuvo listo su papá lo ayudó a ponerle luces rojas, azules y verdes en la panza, que se prenden con unas pilas como los arbolitos de navidad. Para ser un robot espacial inventado por un chico, Max le quedó re bueno y por eso lo puso en un estante del cuarto, para que cuando se fuera a dormir y estuviera todo oscuro, Max quedara haciendo lucecitas. Total, después su mamá o su papá pasarían a apagarlo para que las pilas no se gasten enseguida. En las misiones espaciales los robots deben llevar súper pilas que no se gastan nunca, o no sé cómo hacen…
Un día Dani, que duerme en la cucheta de arriba, estaba haciendo jueguitos con la pelota en el cuarto y Nacho estaba haciendo los deberes. Y Dani, dale que te dale con la pelota. Y en una de esas la pateó tan fuerte que de un pelotazo hizo que Max saliera volando del estante y fuera a parar debajo de la cama. Cuando Nacho lo rescató de ahí, a Max le faltaba una pata y un palito del brazo, la cabeza se le había torcido y las luces se le habían soltado de la panza. Estaba arruinado.
Nacho salió corriendo y llorando para la cocina con Max destartalado en una mano y la pata que se le había salido en la otra. No le podía explicar a su mamá lo que le había pasado porque tenía más ganas de llorar que de hablar, pero su mamá se dio cuenta enseguida… ella siempre se da cuenta de todo lo que le pasa sin que él le tenga que decir.
Y empezó: Dani vení para acá, que vengas te digo, que no te lo tenga que repetir o vas a ver cuando llegue tu padre… y apareció Dani en la cocina… con la pelota abajo del brazo, el arma del delito como dicen en la tele y él con cara de yo qué hice.
Que cuántas veces te tengo que decir que al fútbol se juega en el patio, que es como si le hablara a la pared, que sea la última vez que pasa esto y un montón de cosas más le dijo… pero Nacho igual se sentía re triste, como el día que se olvidó el álbum de figuritas en el asiento del transporte escolar. Y seguía llorando sin poder hablar.
Al final Dani, que se reía como los malos de las películas, le dijo que parecía un bebé si lloraba tanto por esa pavada, como si la porquería esa del robot tuviese corazón o como si el pelotazo se lo hubiese pegado a él.
Y Nacho no supo qué decirle, porque entonces se dio cuenta de que los robots espaciales no tienen corazón, pero igual Dani no podía decir que Max era una porquería si era su mejor invento.
A la noche, cuando su papá volvió de trabajar, le contó todo lo que había pasado y casi le dieron ganas de largarse a llorar de nuevo. Su papá le dijo lo que siempre le dice, que todo tiene solución… sobre todo para los inventores como ellos.
Entonces se fueron al tallercito con Max y como si fueran doctores de robots, le arreglaron todo lo que se le había salido y desacomodado. Y ahí fue que a su papá se le ocurrió que a veces los problemas son una oportunidad, que lo que había dicho Dani le hacía pensar en que quizás Max podía tener un corazón. Así que entre los dos le hicieron un agujero en la panza que le taparon con un papel celofán rojo y adentro le pusieron otra lucecita que se prende y apaga. ¡Y listo!
Desde ese día, cuando se va a dormir y le apagan la luz, Max le hace compañía desde el mismo estante, y el corazón se prende y apaga y es como que late… hasta que Nacho se queda dormido feliz pensando en que si Max no hubiese tenido el accidente ahora no tendría un corazón de robot.

viernes, 23 de agosto de 2013

2208

La niña que baila fabricó una estrella
y su mano nívea se abrazó a la mía.
Sus ojos siguieron mis lágrimas dulces
de tanto quererla, de soñarla tanto.

La niña ya duerme y yo rezo a su lado
y tejo plegarias que le den abrigo.
Sus mejillas tibias reflejan la luna
y tiene perfume de jazmines blancos

La niña suspira, me bebo su aliento,
dibujo su frente con una caricia
trazando el perfil de mi amor en ella.
La arrullo con voces que traen recuerdos.

La niña despierta, sonríe, me observa…
y besa en mi pecho su pan de magnolias.
Tanto la esperaba que perdí su nombre
palpando en mi vientre su amarra de ombligo.

La niña que baila fabricó una estrella.
La dejó en mi pelo. 


viernes, 28 de junio de 2013

Miss Bennett

Existe un instante preciso de los plenilunios de verano en que, si uno se asoma desde la fuente de la calle Sucre, la luna se alinea perfecta, esférica, refulgente, con la aguja de la Glorieta de Barrancas de Belgrano. Como un disco de papel níveo que en su vuelo ascendente sobre el perfil en caos de antenas, cables y chimeneas, hubiera quedado atrapado por el alfiler emergente de la pagoda de zinc. El momento es exacto y breve, como suele suceder con las visiones imposibles. El lapso imperceptible en que la penumbra agonizante muta en el azul indefinido que da paso a los primeros indicios de la oscuridad. La magia se percibe en el peso húmedo y denso del aire y quizás, con un poco de oficio y visión entrenada, se consigue limpiar la mirada de la memoria inmediata y descubrir al Eternauta y al tornero Franco agazapados tras la baranda herrumbrosa del basamento.
Detrás de la onda voluptuosa de la glorieta estalla estridente un Jacarandá y bajo la bóveda de madera blanca obra el milagro. Los compases de una milonga ronca escapan anárquicos de los parlantes y sobre la grilla del piso los pies se deslizan y entreveran, los cuerpos se quiebran, se sostienen, se yuxtaponen, atrapados en un sopor narcótico que los comanda como si fueran marionetas alucinadas. Observando desde perímetro de hierro forjado, se desdibujan los escalafones, los credos, las edades, los dialectos. Sólo prevalece la música y los contornos acoplados de caballeros y damas que se funden en un firulete infinito, serpenteante, cósmico.
Hace algunos años, amalgamados en la misma masa de feligreses y presos del mismo conjuro, Miss Bennett y Ying Hao desandaban el enredo de sus propios pasos sobre la pista. Yo no llegué a verlos pero Don Blas, que ya en esa época estaba a cargo de los discos, me contó la historia. Miss Bennett había llegado a Buenos Aires como ama de llaves de la embajada de Australia, distante unas pocas cuadras de la plaza. Había descubierto la milonga de la glorieta en una de sus caminatas vespertinas. Se había aproximado curiosa y al subir un par de peldaños de la escalinata de Carrara, alguna mano tomó su brazo y la condujo en una sucesión de giros, cortes y cadenas que ella trató de seguir con torpeza, pero que terminaron por quebrar su recelosa resistencia. Tarde tras tarde regresaba a rendir culto a una adicción involuntaria que la invadía y le costaba reconocer en su fatigado corazón, pero que llenaba de color y música sus horas de descanso y su anatomía veterana.
Ying Hao, en cambio, trepó desde el barrio Chino hasta la glorieta en un deliberado intento de descubrir por sí mismo aquello que su hermano le había anticipado: “cruzando las vías, en la ladera del parque, algunos argentinos se reúnen a bailar una danza extraña, parece que es la costumbre por aquí…” Para cuando se animó a posar el primer pie sobre la pista, después de estudiar con una conciencia analítica las secuencias y repeticiones que observaba, asumió que el idioma sería una barrera infranqueable en el abordaje de una compañera y decidió practicar solo, ciñendo por la cintura un espectro sólo visible a sus ojos.

Quizás por la convicción con que Ying Hao guiaba los pasos de su pareja imaginaria, ningún parroquiano lo interrumpió en su danza solitaria. Sólo Miss Bennett, desde el extremo opuesto de la pista, decodificó el motivo de su aislamiento en la timidez de sus gestos. Se aproximó a Ying y lo saludó sonriente en un rudimentario chino mandarín que había heredado de los albores de su “carrera diplomática” como cocinera del consulado en Hong Kong. Sorprendido, Ying Hao irguió su cabeza, abrió sus ojos estrechos y arqueó las cejas expresando el asombro de escuchar sonidos conocidos más allá de la calle Arribeños. Miss Bennett le devolvía una sonrisa franca y le extendía la mano blanca, convidándolo a seguirla en comunión con el bandoneón canyengue que alentaba a reanudar la rueda. Sonaba “Tinta Roja” y sumergidos en un abrazo de principiantes, se aislaron del mundo a través de los melancólicos compases, dibujando en las baldosas una estela sensual y transparente. Con el acorde final, Ying estrechó la mano de Miss Bennett agradeciendo con sinceridad la deferencia, y escapó barrancas abajo, exultante, abordado por un entusiasmo inesperado, su cuerpo aún vibrando con la música que llegaba desde la glorieta. Ella lo siguió con la mirada, satisfecha y segura de haber sumado un discípulo a la cofradía arrabalera.
La tarde siguiente fue Ying Hao quien se acercó a Miss Bennett para invitarle una pieza. En un mar en movimiento de personas anónimas y diferentes, sus ojos se aferraron al rostro amable, iluminado de su compañera, como náufrago a su balsa improvisada. Desde entonces, así se sucedieron los atardeceres en la glorieta, ambos fieles a la cita, intercambiando diálogos breves, sonrisas amigas, emocionadas, compartiendo el refugio sonoro y circular para su nostalgia por las antípodas. Habían nacido sobre un mismo meridiano, habían surcado mares y decenios, para repetir cada tarde, en una plaza tachonada de faroles al otro lado del mundo, la ceremonia secreta de dos extraños forasteros.
Un atardecer de nubes rojas, de esas que presagian las tormentas, Ying acudió puntual a la glorieta. Ya había algunas parejas arrastrando sus pisadas sobre el pavimento gastado y otras se fueron sumando con la sucesión de tangos y valsecitos. Miss Bennett nunca llegó esa tarde, y tampoco lo hizo la tarde siguiente, ni el resto de las tardes en que Ying regresó para hurgar desconcertado entre las miradas y los cuerpos. Nadie pudo contarle lo poco que se sabía sobre el motivo de su desamparo. Nadie supo cómo. Nadie conocía las palabras. Los gestos eran vagos e insuficientes. Derrotados, acordaron dejar que bailara una milonga eterna con su pareja vacía, atrapando el aire con el arco de sus brazos, como la primera tarde en la glorieta. Sólo algunos observadores aguzados advertían, en las nochecitas mágicas de luna llena, al fantasma de Miss Bennett ensayando ochos y contrapiés, habitando para siempre su abrazo devastado.

viernes, 14 de diciembre de 2012

La elegancia del erizo- Desolación de las revueltas mongoles

"...Entonces, tomemos una taza de té. Como Kakuzo Okakura, el autor de El libro del té, que se lamentaba de la revuelta de las tribus mongoles en el siglo XIII no porque hubiera traído consigo muerte y desolación, sino porque había destruido, entre los frutos de la cultura Song, el más preciado de ellos, el arte del té, sé como él que no es un brebaje menor. Cuando deviene ritual, constituye la esencia de la aptitud para ver la grandeza en las cosas pequeñas. ¿Dónde se encuentra la belleza? ¿En las grandes cosas que, como las demás, están condenadas a morir, o bien en las pequeñas que, sin pretensiones, saben engastar en el instante una gema de infinitud? El ritual del té, esta repetición precisa de los mismos gestos y de la misma degustación, este acceso a sensaciones sencillas, auténticas y refinadas, esta licencia otorgada a cada uno, sin mucho esfuerzo, para convertirse en un aristócrata del gusto, porque el té es la bebida de los ricos como lo es de los pobres, el ritual del té, pues, tiene la extraordinaria virtud de introducir en el absurdo de nuestras vidas una brecha de armonía serena. Si, el universo conspira a la vacuidad, las almas perdidas lloran la belleza, la insignificancia nos rodea. Entonces, tomemos una taza de té. Se hace el silencio, fuera se oye soplar el viento, crujen las hojas de otoño y levantan el vuelo, el gato duerme, bañado en una cálida luz. Y, en cada sorbo, el tiempo se sublima".

sábado, 20 de octubre de 2012

El viaje

De un neurótico volcán nos descolgamos
por laderas de orquídeas y quetzales
a las tierras australes de tu sangre
donde el cielo se funde con el río…
para echar este milagro hacia los vientos
y apretar el abrazo en la distancia…
para andar las huellas de los tuyos
y acercar los pasos de los míos…

Los amigos fueron puente y lo cruzamos
hacia un sol destellando primaveras.
Añorando los sonidos de la selva
la memoria a cinco voces nos dio abrigo.
Y empezamos a soñar con este día,
el primero de esta vida que te entrego,
el primero de esta historia que contamos,
el primero de este viaje que emprendimos.  

Será al fin que te nombré mi territorio
y tu amor lo habita soberano.
Al despertar los amaneceres eternos
recordaré por qué nos elegimos.
Cada día me buscaré en tus brazos
y en tu sonrisa de pan de la mañana.
Tu corazón de fuego será mi lumbre…
en mi melena de noche harás tu nido.

lunes, 30 de julio de 2012

Alas

Ahora solo quiero la luz,
tu mirada calma y el aliento de tu boca…
Ahora solo quiero volar
y soltar el lastre de esta noche eterna,
y soñar con tu abrazo
que me llena de flores…
y besar tu sonrisa
cuando me recuerdes.
Si Dios nos puso en esta hora
fue para nombrarte mi escudo,
para darme tus alas,
y habitar en tu mundo de pájaros y soles,
para sanarme en vida,
para lavar mis heridas
y dormir en tu pecho las vigilias negras,
para revelar de a poco
tu corazón inabarcable…
para ser feliz al fin,
alcanzar mis sueños y entregarte todo.
Ahora solo quiero la luz…
y llevarme este amor que me salvó del espanto
y dejarte la paz de haber vivido el milagro.

domingo, 6 de mayo de 2012

Los venenos

Blanca sabe de fórmulas y alquimias. Conoce las propiedades de la eufrasia y el alcanfor, el peso de los elementos, el color de los jarabes, y la dosis exacta para analgésicos y purgas. Pero su vademécum de certezas se evapora, se volatiliza al crisol de su corazón apasionado, mientras espera la hora prometida…


Blanca llegó cuando Rosario lloraba a Bordabehere. El barrio entero desconfió de la pericia de la nueva boticaria, como lo había hecho unos meses antes la mesa examinadora que accedió, no sin recelo ni desconcierto, a que una mujer egresara por primera vez de esa casa de estudios. Con el tiempo, prejuicios y suspicacias cedieron a su modo afable y sus ojos de turmalina negra. La “Farmacia El Progreso, de Blanca E. Vallejos”, como orgullosamente pendía entre filetes y flores sobre la puerta con biseles, terminó por convertirse en el centro social y político al este de la estación. Bajo la tutela de la cínica sonrisa de un Geniol martirizado, se amalgamaban debates ideológicos, críticas literarias y chismes a la orden del día.

Para Blanca la farmacia era su mundo, lo contenía por completo. Nada de su vida excedía los muros. Ella y su madre, Doña Clara, compartían vivienda detrás del salón con Pio, un gato persa de denominación pontificia y modales cortesanos que el Padre Lázaro les había encomendado como herencia al dejar la parroquia. Todo lo que necesitaba cabía en ese perímetro en ochava al que se dedicaba por completo y Blanca despedía el medio siglo protegida en su baluarte de Galeno, donde hubiese podido resistir eternamente a base de discos de Oscar Alemán, anises vespertinos, crucigramas de “La Capital”...al amparo del Sagrado Corazón, que impartía bendiciones desde el centro de la sala.

Hasta que un día conoció a Carlos…

Fue al final de un otoño de tempestades y borrascas. Carlos estacionó el Plymouth azul, interminable, frente a las vitrinas y desde el mostrador, Blanca lo observó paralizada transitar los pocos metros hasta la farmacia, protegiéndose de la lluvia con un maletín definitivamente insuficiente. De chambergo y sobretodo implacables, al abrir la puerta saludó con cortesía y se presentó como el nuevo visitador médico para la zona. Cuando estrechó su mano, Blanca sintió temblar los anaqueles y corrió a persignarse detrás del terciopelo verde que separaba la botica del laboratorio. Desde ese momento supo que no habría antídoto ni poción contra esa mirada lacerante que le erizaba la piel. La herida fue certera y profunda. Letal. Y fue un veneno dulce… y la agonía fue lenta…

Carlos volvía cada quincena, y Blanca disimulaba lo poco que podía la voz trémula y el sudor helado que le corría por la frente. Si nunca había sentido la sed urgente de una boca imposible, por qué debía enfrentar ahora este ejército de emociones rebeladas?

Una tarde de pocos clientes y demonios en el aire, Carlos la besó… Blanca no se resistió, no pudo resistirse. Solo atinó a entornar la puerta que daba al patio donde Doña Clara persistía en su siesta de canarios y malvones. Las pesadas persianas del frente cayeron y los clientes se sorprendieron de encontrar la farmacia cerrada tan temprano... como empezó a estarlo desde entonces, cada 15 días.

Carlos hablaba un idioma que Blanca nunca había escuchado: pasión, perfume, deseo, cuerpos, fuego, labios, caricias… Para cuando ella aprendió a balbucear las primeras palabras del dialecto maldito, escuchó de su boca que tenía mujer y Blanca se vio ardiendo en el infierno. Ese día se despidieron con la promesa de Carlos de volver por ella para escapar de todo. Blanca asintió estremecida y pasó la noche en vela, con el rosario entre las manos, rogando entre lágrimas por un perdón que nunca llegaría: el de ella misma.

Por la mañana, policías y curiosos se agolpaban contra los cristales. Blanca dormía para siempre, sobre el mármol gélido del laboratorio, su sueño de polvos fraccionados mientras Pio se enredaba entre las piernas inertes que pendían del taburete.

Dicen que el Plymouth azul nunca volvió al barrio.

sábado, 6 de agosto de 2011

Fase 1: El deseo. Hito 2

A días de celebrar mis 40 años, hito que había decidido calificar como el "final de mi adolescencia", como una premonición, como una señal de que todo en mi mundo estaba cambiando, me informaron que recibiría una mención especial por el cuento que había presentado en para un concurso literario, y que esa mención se transformaría en la publicación de un libro.
Quise que la llegada de esta noticia en un momento tan especial de mi vida, me significara un presagio de que el camino que estaba tratando de iniciar, me llevaría hacia algún lugar, lo más cercano posible, a lo que espero de esta vocación de escribir....
Mis palabras, por primera vez publicadas, se tranformarían en una obligación ineludible de no dejar el sendero, de mantenerme trabajando por este proyecto... de mantenerme creyendo en este proyecto...
La crisálida persiste... pero la metamorfosis avanza constante... subsiste...

viernes, 6 de mayo de 2011

Último Capítulo

- Elsa Malavecchia de González…Viuda de Fermín González, en realidad… Libreta Cívica 3388547…47, sí… como le venía diciendo oficial,…
Comisaría 34. El calor ocupaba todo el espacio como un lodo traslúcido… Mientras informaba sus datos, Elsa repasaba con la mirada las esquinas del cielorraso, calculando el largo del plumero que las liberara de aquel engarce de telas de araña, moscas y plumas minúsculas. Un ventilador chirriante pendía en el centro de la habitación, cortando el aire a un ritmo agónico, terminal, al tiempo que un trío de alguaciles repetía su danza suicida contra los tubos fluorescentes. Elsa trazaba con su índice un surco sobre el polvo del mostrador, y ahora concluía que efectivamente debía hacer ya varias semanas que nadie acercaba franela alguna por esas tablas. Detrás de ella, dos travestis desgreñados esperaban turno mascando al unísono. Elsa los espiaba a intervalos, deseando tener más tiempo para explayarse sobre los hechos…
- … y es que yo sigo la telenovela esta todas la tardes, “Conjuro de amor”, usted la sigue oficial? Ah no? Su señora?.. a no está casado? Y que está esperando?… a su edad, Fermín ya me había hecho madre de dos criaturas… bueno, sí, que siga, que siga… le decía… que ´”Conjuro de amor” empieza a las tres, cuando me levanto de mi siesta religiosa. Ah, sí! Yo todos los días me acuesto un horita a descansar la espalda, vio? Sobre todo después del ataque del ciático que tuve hace unos meses. Mi amiga Chola me dice que empiece yoga, que me va a hacer bien, pero no sé, a mi edad… meterme con eso… Así es como se termina en esas sectas que no hacen más que sacarle la plata a una…. Bueno, sí, sigo, sigo… es muy impaciente usted…. Entonces… que a las tres empieza la novela. Me preparo unos mates, es mi momento preferido del día… Tengo un televisor en la cocina, no? Que da a la placita de la avenida, ahí donde hace unos días encontraron el bebé abandonado, se enteró? Virgen Santa!!! Como hay gente que no tiene corazón, traer un bebé al mundo y entregarlo como si fuera un trapo, por si hay alguien que se apiade… Yo me hubiera hecho cargo pero ya lo tengo al Monchi, que es pequinés pero bastante tranquilo. Ni se siente el pobre… Ah, sí. Que siga con el relato, no? Es que usted me cae simpático, quién diría tan serio, pero no sé qué tiene que me hace acordar a… bueno, bueno, sigo… Y no vaya usted a creer que justo a las tres, justo, justo, empieza la gente de la murga, esta que se junta a ensayar en la placita. ¿Qué injusticia, no? Toda la santa hora con el chichungui, chichungui, que platillos, que bombos, que cornetas,… yo no sé, este país siempre copiando lo extranjero. ¿De dónde salió todo esto? Y con el calor que está haciendo… no me diga, ¿Quién puede estar con la ventana cerrada? …La cosa es que yo, que nunca molesté a nadie, no llego a escuchar nada de lo que dice la tele… Lo único que pido oficial... Ah! ¿Cabo? Bueno, cabo… en mis tiempos el carnaval no era así. Había baile en el club, cantaba Goyeneche, siempre me acuerdo, pero en la calle no se molestaba a nadie… ahora, estos de la placita ¡Por favor! Habrase visto ¡Un escándalo! No hay quien viva con ese barullo. ¡La murga! Usted viera el zafarrancho…En un barrio de gente tranquila, la verdad… Bueno tranquila, a no ser por la chica esta del séptimo, la debe haber visto por acá… Si dicen que recibe, y eso que el reglamento dice “no apto profesional”… Yo nunca lo vi, pero que se escucha, se escucha…
Pasaron los días y nada cambió,… la murga siguió ensayando en la placita y Elsa desde la ventana esperó la aparición del patrullero que, en respuesta a su denuncia, acudiera a poner un poco de cordura… Los capítulos de “Conjuro de amor” avanzaban inexorablemente hacia el final en un intervalo de tiempo que se llenaba de gritos, tambores, y estruendo… y Elsa acercaba el oído al “Grundig” tratando de descifrar las últimas palabras de cada frase, de rescatar suspiros, caricias y latidos emocionados en medio de aquel aquelarre tribal que se colaba cada siesta hasta su cocina.
Pasaron los días, pasó la semana y llegó el sábado… Horario especial, central, a las nueve. Último capítulo. Los avances prometían además, una entrevista previa a los actores y un concurso telefónico en el que adivinando el desenlace de la historia entre tres opciones, se accedía a una entrevista con el galán protagonista. Elsa saboreaba anticipadamente el premio a tantas privaciones. Dios había accedido a sus súplicas devotas y esa noche disfrutaría en el silencio y la tranquilidad propicios el final esperado. Bajó de la alacena un frasco de escabeche que tenía reservado para ocasiones especiales, descorchó un rezago de Nochebuena y, acodada sobre el hule del mantel, esperó los acordes milagrosos del violín agonizante que anunciaran desde el televisor la hora tan ansiada.
Pero a medida que se acercaba el horario de la cita, los ruidos desde la calle crecían al ritmo de la ansiedad de Elsa. Cinco minutos antes de las nueve, como un trueno del infierno, como un grito desgarrado que le estremeció las entrañas, se escuchó el primer repique de la percusión principal. Desde la placita, la murga, más escandalosa que nunca, inició su marcha hacia el corso en la avenida. Elsa se apresuró a cerrar la ventana, a correr cortinas y tapar con diarios las hendijas del marco deformado, dispuesta a la asfixia antes de que el carnaval le robara la gloria, mientras el barrio se apretaba bajo las guirnaldas de banderines y lamparitas, copiando contorsiones y saltos. Elsa contemplaba desahuciada aquella masa informe de lentejuelas y flecos, sombreros, borlas, moños y charreteras, que se arrastraba por la avenida como una serpiente china, haciendo trepar a las cornisas de aquella noche sofocada un himno frenético al que se sumaban todos … hasta la Chola, que la saludaba exultante, agitando un repasador desde el balcón de en frente. Monchi saltaba del sillón al sofá y ladraba desaforado sumándose al festejo mientras Elsa, desplomada en la silla de la cocina, dejaba que las lágrimas lavaran de sus mejillas la impotencia, y un beso eterno llenaba la pantalla muda.
Por no sentirse tan sola, por no pensar en cómo “Conjuro de amor” se había extinguido sin que ella pudiera dar fe de lo que los protagonistas tenían para decirse después de tanto silencio, Elsa bajó a mezclarse con la gente y, con su pasos cortos y torpes, bailó esa noche con el fantasma de Fermín, que le acariciaba el pelo erizado de “Spray”. Pero al momento que intentó un movimiento más osado, un globo de agua estalló en sus tobillos y resbaló irremediablemente sobre un banco que la esperó con el filo más agudo de sus bordes.
… Esa noche la guardia de emergencias se llenó de carnaval. Omar, el primer tambor, se llevó a Elsa en la camioneta hasta el hospital para que limpiaran y cocieran la herida que cruzaba sobre su ceja. Toda la murga esperaba el parte a las puertas de la sala. La cabeza de Elsa giraba como sumergida en un remolino convulsionado en el que se mezclaban los besos de “Conjuro de amor”, las guirnaldas de la avenida y los hijos de Jaime, el verdulero peruano de la esquina, bailando abrazados en la vereda. A su lado, la chica del séptimo le tomaba la mano, esperando que reaccionara de la anestesia….

lunes, 27 de septiembre de 2010

rayuela- capitulo 7

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

lunes, 23 de agosto de 2010

para lucy

humo de cigarros escondidos...
fue roxane en los oídos
de una noche prometida por gastar.
si pochola nos mirara ahora,
nos diría la rectora
“la imagen hay que cuidar”.

ya no toma más tía maría,
ya no pinta rebeldía,
ya la arena de regatas quedó atrás.
pero esta amistad alcanza y sobra
para hacerle a la memoria
homenaje una vez más.

y a hora a cantar, y ahora a cantar,
por estos 40 años de amistad.
y ahora a cantar, y ahora a cantar,
y brindemos por otros 40 más.

dos ciudades santas te abrigaron,
una extraña tu alegría
y en el kiosco tu sonrisa angelical.
la otra te acercó nuevos amigos,
una casa y los motivos
de juntar y celebrar.

bellas artes vuelan por el cielo,
“taponado” de luceros
y de amores imposibles por soñar.
y aunque hay media pampa de distancia,
los amigos de la infancia
también quisimos estar.

y a hora a cantar, y ahora a cantar,
por estos 40 años de amistad.
y ahora a cantar, y ahora a cantar,
y brindemos por otros 40 más.

Fase 1: El Deseo. Hito 1

El proyecto daphne nació hace casi un año, aunque creo que estuvo tratando de germinar durante toda la última mitad de mi vida.
Hacia el final de los ’80 transitaba mi adolescencia con el corazón en las manos y una sensibilidad, que al menos yo creía especial, para decodificar en palabras, versos, canciones, historias, lo que el universo me develaba. Siempre seguí escribiendo, pero ya no como rutina habitual, e incluso elegí una profesión que me alejó un poco de ese camino.
... Y todo hubiese seguido de la misma forma, habría seguido alimentando espasmódica y esporádicamente cuadernos perdidos y papeles sueltos, olvidados en bolsillos y cajones... si una persona, a quien hoy recuerdo especialmente, no me hubiera alentado a “bajar” toda esta producción caótica en este espacio... para no perderlo, para poder volver a leerlo siempre y para compartirlo con aquellos a quienes pudiera llegar interesar... o por lo menos a intrigar.
Así surgió el proyecto daphne, que en realidad no es otra cosa que la planificación de mi vida literaria, la que hoy ni siquiera supera la crisálida, pero sueña con las alas.
El proyecto daphne está compuesto por sucesivos “hitos” los que a su vez se agruparán en tres fases: 1- el deseo; 2- el aprendizaje; 3- el vuelo.
A los que me acompañen, solamente les pido que me devuelvan la mirada que yo, aún dentro del capullo, no puedo tener.
Espero que lo disfruten conmigo.

lunes, 15 de febrero de 2010

la vigilia del guerrero

cerró los ojos y esperó el silencio
y el hálito vasto del amanecer nuevo.
detuvo su paso, dejó caer su escudo.
el puño cedió contra su vientre yerto.
su memoria al aire evocó el amor
y lo trajo a su lado…
el final de la batalla es un instante dulce.

ya no podían sus manos empuñar la espada,
ya no buscaba la lucha, ni pretendía la gloria,
solo regresar al sol en el pelo
de la niña que iluminó su ocaso,
al sonido fresco del arroyo en la hierba,
a transitar de nuevo las tardes encendidas
de jazmines y pájaros.

presintió el viento lamiendo sus heridas,
robando la victoria sobre el campo helado.
y capituló al viaje perpetuo
el descanso de sus pies vencidos,
por quedarse a soñar con el rocío verde,
las guitarras roncas, el vino a la mesa,
los aromas viejos de pan y madera.

esa noche el cielo le acercó la luna.

sábado, 28 de noviembre de 2009

resiliencia

nuevamente de pie...
el cuero resiste y el corazón batalla.
la sangre se seca sobre mis heridas viejas.
recojo mis huesos, recobro mi aliento.
el sol le ha ganado otra vez a mi noche,
y aquí estoy de nuevo,
sosteniendo el camino en mi mirada,
olvidando mis huellas para pisar mi futuro

nuevamente de pie...
y aún persisto en la esperanza
de que los días nuevos valgan la vigilia
y el dolor y el miedo y el vacío transitados.
presiento la certeza de mi propia fuerza.
la vuelvo mi escudo, la declaro mi insignia.
si tanto he cedido, tanto he resignado,
todo lo he perdido por retener tu abrazo.

nuevamente de pie
ya he esperado tanto… tanto he combatido,
y aunque mi boca sabe a derrota y espanto,
te extiendo mis manos para que me sigas,
para que te quedes conmigo.
porque no se de nada que no te nombre,
no tengo espacio para que no me habites,
no doy pelea que no sea tu causa.

lunes, 26 de octubre de 2009

de la magia y el destino

Meses atrás, la pared de una de las salas de mi madre se pobló inesperadamente de una constelación de retratos antiguos. Ella misma los había rescatado de los baúles herrumbrados donde habían permanecido en un letargo casi centenario. Repasando en detalle aquella sepia monocromía, recortada pesadamente en un escándalo de formas y tamaños, me capturó el salón de la mítica Confitería Sangiorgio.
Mi tatarabuelo, Calo Sangiorgio, un genovés testarudo y progresista, la había fundado por los días en que el pueblo estrenaba siglo en cinco idiomas. Durante años, se disputó con el Club Social la jerarquía de “sede de encuentro” de la acicalada y floreciente sociedad local, y a sus mesas se congregaban comerciantes emprendedores, hacendados satisfechos, intelectuales febriles y anarquistas en fuga. No por falta de escudo, esta pequeña elite cosmopolita adolecía de estilo y entre naipes, caña y tabaco, se amalgamaba puntualmente bajo la tutela de los gobelinos de Sangiorgio.
El orgullo de Calo eran sus licores, sus helados y sus pannetone, todos elaborados según las recetas estrictas que había aprendido durantes sus meses a bordo del Principessa Mafalda. Sin quererlo, quizás también a su pesar, había zarpado de Génova como armador de barcos y había arribado transformado en repostero y licorista. Con el tiempo, el pueblo entero terminó por sucumbir a sus manjares, que destilaban almíbares, especias, y óperas de Verdi.
La fotografía me había impresionado al punto que temí que si no dejaba de mirarla, cobraría vida, como si los personajes retratados estuvieran esperando alguna señal para empezar a hablar y circular entre sillas y escaparates, y el humo de las pipas a trepar errante hasta las cornisas, y el péndulo del reloj a resistir en dos tiempos su cautiverio. Acodado sobre el mostrador caoba, los mostachos del abuelo Calo dominaban el mar de panamás y bombines. Intercalados con las mesas, los mozos, de chaleco y delantales al tobillo, sonreían diligentes con las bandejas en alto. En primer plano, el juez de paz miraba a la cámara severo, una mano sobre la otra y las dos sobre la empuñadura de su bastón de bambú y detrás de él, los peinados a la gomina contenían, sin mucho éxito, varios intentos revolucionarios.
A través del cristal de las carameleras asomaban cómplices las cabezas enmarañadas de la nieta menor de Calo, mi abuela Mecha, y de Margarita, cuarta hija de Natividad, la cocinera principal. O Nati, como todos la llamaban, una correntina, todo amor y melaza, que se había descolgado por el río escapándole a un cafisho vengativo y pendenciero. Al descubrirlas en la imagen, recordé una de las historias con las que a Mecha, ya abuela de nueve nietos, le gustaba acompañar las sobremesas de anises y peladillas.
Al momento en que había sido tomada la fotografía mi abuela habría tenido unos diez años y Margarita debería entonces haber cumplido los catorce. Andaban siempre juntas. Hurgaban los rincones del salón y la cocina como si necesitaran develar algún misterio extraordinario. Habían descubierto también que Becker pagaba mejor que Lugones a la hora de agobiar a los parroquianos con maratones poéticas a cambio de monedas, y la estrategia perfecta para hurtar de la despensa huevos de codorniz y dulce de cayote. Nati, que estaba al tanto de estas incursiones, pasaba de ejercer controles, en el caótico ajetreo de su rutina. Menos se esperaba del abuelo Calo, siempre absorto en su música, su política, sus fantasmas ligures y los vahos de una nostalgia teñida de agradecimiento por todo lo que había vivido en su ya septuagenaria existencia. Así las cosas, las niñas habían montado en la bodega, escaleras abajo, su base de operaciones y desde allí controlaban los movimientos, las noticias, los secretos e intrigas que circulaban sobre las baldosas en damero del salón.
Seguían al día las novedades sobre la cruzada de Benoit, un joven ingeniero alsaciano que había llegado al pueblo al frente de la ampliación del puerto. A un mes de su arribo, había conocido a la hija del intendente Berrueta, María Elisa, y desde entonces gastaba las noches de cigarrillos eternos desarrollando tácticas imposibles para conseguir su atención. Todas las tardes, a la hora en que las mantillas negras se copiaban en el camino a la catedral, y la pirámide de la plaza conseguía su sombra más larga, Benoit pasaba por el mostrador de Calo a morigerar su amorosa desazón y relataba en tono épico, los mágicos encuentros provocados.
Tanto Nati como las niñas habían subscripto de manera inmediata a la causa alsaciana porque el joven parecía tener buenas intenciones, pero por sobre todas las cosas, porque se entregaban embelezadas al embrujo de su exótico y refinado acento. Calo se limitaba a escrutarlo a través de sus tupidas cejas, mientras le servía la segunda vuelta de bebida esperando encontrar la manera de ayudarle, tal vez en pos de resarcir alguna historia de amor frustrado, de esas que nadie conocía porque se habían quedado del otro lado del océano. Y al fin un día golpeó el mostrador con tanta fuerza, que las copas y las botellas parecieron dar la última llamada a misa de siete. Su genio iluminado había conseguido resolver la manera de aliviar la agonía enamorada de Benoit y aprovechar el beneficio político de recibir en su prestigioso local a la familia entera del intendente. Usted haga lo que le digo y verá como nos ponemos al padre en el bolsillo. Invite a toda la familia a cenar el jueves, como si fuera cosa de homenaje de su empresa a la intendencia. Nati y yo nos encargaremos del resto, y ya va a ver, esa niña no tendrá ojos para otros ojos.
Esa noche, Calo se abotonó orgulloso la levita a rayas, lustró los cristales de las vitrinas y la plata de los cubiertos, y miró cincuenta veces su reloj de cadena, esperando la hora en que la Confitería Sangiorgio abriera las puertas a los Berrueta en pleno. Nati se había pasado la tarde cocinando, los pómulos enrojecidos al calor de los fuegos. Faisanes, pasteles, sopa de profiteroles, risotto, conejos guisados con alubias e hinojos, mazapán con frutas. Un menú de seis platos infalibles que Calo había elegido regar con las joyas de la bodega. Entre morteros, cucharas y cobres, las niñas habían participado de los esmerados preparativos y detrás del costal de harina, Margarita le reveló a Mecha el más celoso de todos los secretos culinarios de la correntina. Esa noche, cuando sirvieran el postre se obraría un milagro. Nati había preparado los tocinos del cielo con una receta heredada de sus ancestros hechiceros, de probado éxito en la producción de parejas felices. Qué mejor excusa para medir el efecto de la brujería guaraní que la de ayudar al bueno de Benoit en su quimera.
El ingeniero llegó puntual a las ocho. El pelo engominado, gemelos y corbatín obligatorios, su traje desprendía perfume de azares y madera, y la camisa nívea refulgía con el mismo brillo de su sonrisa impecable. Estaba tan emocionado por su destino inminente, que el encanto de su acento había cedido a un tartamudeo torpe e intermitente que crispaba los nervios de Calo, quien trataba de concentrarse en el ensayo del discurso de bienvenida.
Fueron dos horas infinitas. El mantel se opacaba ante la fatiga inevitable de las lámparas de aceite. Benoit cruzaba con paso firme el salón de un lado a otro, tratando de mitigar su angustia incontenible, y los dedos de Calo repiqueteaban impacientes sobre la mesa, mientras deseaba no haber anunciado el evento con tanta pompa. A su lado, su nieta ya se había quedado dormida, cuando abrió la puerta Belisario, el hijo menor de los Berrueta. Tratando de impostar una voz varonil que lo traicionaba, refirió las disculpas de su familia por haber faltado al convite y aclaró especialmente, que su padre mandaba a decir “quenofaltaráoportunidad”. María Elisa, se había refugiado inexpugnable, insensible a las súplicas de sus padres, en la casa de una tía cómplice, desde donde había escrito una discreta misiva que el niño acercó respetuoso a la huesuda mano de Benoit. Estimado caballero: espero que llegue a perdonar la involuntaria ofensa que le he provocado. No es mi intensión afligirlo. Lo cierto que he decidido, muy a pesar de mi familia, ingresar al noviciado y tomar los votos en el convento del Loreto, y en tales circunstancias, no corresponde de mi parte alentar sus esperanzas de manera tan irresponsable. Espero que pueda encontrar en la vida la paz con la que Dios hoy me ha bendecido. María Elisa.
Calo apagó secamente la fonola y se bebió de un trago un vaso de caña. Benoit dejó caer el papel al suelo con la miraba perdida en los faroles que persistían en la bruma de la plaza. Mecha se desesperezó ausente y Margarita le susurró al oído toda la circunstancia. No habría magia esa noche. María Elisa no había llegado al postre. Y la nube de mariposas y flores que la niña había imaginado emerger del beso prometido, se desvaneció al tiempo que Nati empezó a fraccionar la comida para llevar al hogar de ancianos al día siguiente.
Benoit arrastró los pasos hasta la puerta de salida y se detuvo en el umbral, desde donde se quedó mirando el cielo con lágrimas en los ojos. Por consolarlo nomás, Margarita corrió hacia él con un trozo irresistible del postre mágico. El joven lo agradeció conmovido y emprendió el regreso saboreándolo devastado.
Pasaron seis meses de la frustrada cena y Nati bendecía el matrimonio de su hija con el francés, al tiempo que elegía los nombres para su primer nieto, que llegaría arrancándole diez días al otoño. La obra del puerto terminó y Margarita siguió a su esposo hacia su nuevo destino.
Una tarde, mientras Calo le sacaba brillo a los anaqueles, Mecha irrumpió sorpresivamente con una afirmación rotunda y fulminante. Nati le pone magias de amor a la comida, por eso Benoit se enamoró de Margarita, porque se comió el postre. Calo le acarició la mejilla, enternecido, respondió que aún era muy joven para entender de esas cosas, que no debía andar diciendo tonterías y que no eran magias sino el destino, que siempre triunfaba en unir a las almas gemelas. La respuesta no fue del todo satisfactoria, pero con el tiempo, mi abuela se olvidó de todo el asunto.
Muchos años después de que el destino, o lo que fuera, le acercara a Mecha su propia alma gemela, la casa se poblaba con los gritos y las risas de sus nietos. Una tarde, sorpresivamente, tocó a la puerta Margarita, convertida en una elegante anciana de orquillas al pelo y anillos en las manos. Se aferró a la abuela en un abrazo interminable. Se pasaron las horas repasando, como podían, sus historias. Benoit había muerto en Argelia durante la guerra, pero había llegado a dejarle a Margarita, dos hijos maravillosos y una casa con malvones y violetas. Margarita había decidido regresar al pueblo para ver por última vez a sus hermanos, ya que presentía que no le quedaba mucho tiempo, sentimiento que expresaba con la alegría de quien ha vivido y ha amado intensamente.
Mecha le tomó la mano, y con los mismos ojos sorprendidos con que escuchaba el relato revelado en su niñez, desempolvó la historia del postre milagroso y la escéptica explicación de Calo. Margarita suspiró dos veces, sonrió serena y como si estuviera hablando con su amiga de diez años, le respondió: Un día interrogué a Benoit, quería estar segura que ya no recordaba a María Elisa. Él me respondió que la noche de la cena, regresando al hotel, había sentido un sudor frío en las manos, un leve mareo y la vista nublada. Atribuyó el malestar al desencanto de lo sucedido. Sin embargo, esa noche no pudo dormir pensando en la niña que había endulzado su derrota. Días después, pasaba por la escuela para regalarle caramelos de miel… Y nunca pudimos separarnos.
Varias horas más tarde, la abuela despidió a Margarita en el zaguán sabiendo que no volvería a verla, con el alma satisfecha del reencuentro y la certeza que el destino no siempre se lleva todo el crédito.

La Confitería Sangiorgio funcionó en San Nicolás, desde 1880 hasta 1937, en la esquina de las actuales calles Mitre y Sarmiento.

mis manos, tus ojos

mis manos vuelan, se despliegan, se deslizan,
agitan el aire, lo capturan, lo liberan…
tus ojos las persiguen, las sostienen, las enfocan…
recorren la anárquica estela de su danza.
una gota fría resbala en el cristal, la música diluye las voces ajenas
y las palabras continúan…
nos sumergen como un río desbordado,
nos conducen, nos aislan:
los celos, los amores, las malas decisiones,
las libertades ganadas en los espacios incompletos,
las preguntas oportunas, las respuestas precisas,
las leyes y excepciones, los monopolios, las tiranías…
tu abnegada abstinencia contiene mi narcosis.
persisto en la distancia, pero te entrego confesiones….
mis manos escapan, retroceden y arremeten,
dibujan a tus ojos el adn de mi vida.
tus ojos las escrutan, las sopesan, las calculan,
midiendo el espesor binario de mis gestos.
ya no me indagues, ya no me explores, no me definas…
que tus ojos descansen al fin y se queden
en el arco de mi ceja, en la carne de mi boca, en el filo de mi cuello…
y recojan de la luz la certeza de este instante.
no hay misterio detrás de lo evidente,
no hay misterio...ni vale la pena.

martes, 25 de agosto de 2009

el ángel

en la noche del gótico, un ángel lloró…
sus alas húmedas bajo el primer rocío
no pudieron abrirse para retomar el vuelo.
la cabeza trémula de pena derrotada…
temblaron sus manos sobre el vientre desvastado.
era éste el castigo por haber amado a un hombre,
por dejar el cielo helado
tras esta tierra de lunas y vientos enloquecidos?
a la vera del tiempo había crecido su sueño
recortado en la ventana iluminada de música y especias,
donde había engendrado la vida y la había esperado.
había deseado la espera y le había temido.
ahora solo anhelaba la lluvia sobre las lajas de Saint Jaume
y el abrazo blanco de su amor herido.
ya solo esperaba el mar
y el peñasco prometidos.
cerró los ojos y observó la ciudad…
las cúpulas somnolientas destilando el estallido de las ramblas,
candentes de malvones los hierros modernistas,
las gárgolas templarias en tierra de moros,
agonizantes las farolas,
dibujando la acera con su propia sombra.
observó la ciudad y cerró los ojos.
lo supo… fue la última lágrima en su perfil de jazmines.
ya nada le importó si todo estaba escrito.
se había extinguido la pequeña llama
pero su corazón quiso retener el brillo.
la eligió su sol. la soñó su estrella.
llenaría de luz el espacio de su olvido.
imaginaría su rostro y amaría su sonrisa
y sería el nombre de su propia fortaleza.
cuando volviera el alba y el temor a la nada,
pensaría en ella…

viernes, 7 de agosto de 2009

me sueñas

van a encandilarme esos ojos
indagando mi espesor.
voy a concederle a tus besos
que no siempre tengo razón.
vas a darme todo
sin que pida nada,
de eso se trataba
este asunto entre los dos.

yo voy a ordenar tus cajones
y tu agenda de don juan.
voy repetir con caricias
que no encuentro otro lugar.
te daré motivos
para que desistas
y para que insistas
en volver y perdonar

tuve otros planes, tuve otro cielo
pero en tu abrazo quiero vivir
ya descifraste mis enigmas y mis lunas,
y me vuelves a elegir…
Hace tiempo nos confesamos,
nunca pedí tu absolución.
yo estaré lejos de ser lo que soñabas
pero me sueñas como soy…
yo estaré lejos de ser lo que soñabas
pero me sueñas como soy.

tuve que cambiar mi estrategia
y dejarte presumir
que incendiabas mis bastiones
para conquistarme al fin.
soy el territorio
para tus banderas
y tal vez me atreva
a ceder sin resistir.

tienes que entender mis humores
y que seas mi adicción.
ya sabes bien cómo me pone
que te quedes cuando me voy.
preso de mi espalda
yo te llevaría.
cuanto pagarías
por librarte de este amor?

tuve otros planes, tuve otro cielo
pero en tu abrazo quiero vivir
ya descifraste mis enigmas y mis lunas,
y me vuelves a elegir…
Hace tiempo nos confesamos,
nunca pedí tu absolución.
yo estaré lejos de ser lo que soñabas
pero me sueñas como soy…
yo estaré lejos de ser lo que soñabas
pero me sueñas como soy.

martes, 4 de agosto de 2009

alibei

detrás de los cristales
libélulas forjadas resisten el invierno.
las desgreñadas frondas de alibei perduran.
las venas de san joan persiguen el arco.
el cielo se recorta en cornisas modernistas.
el sol habita tibio,
transparente,
generoso,
y devuelve mañanas de libros,
café negro
y abrazos.

por dentro, el espacio se llena de pájaros,
de flores y especias,
de besos cotidianos.
un mapa de maderos
destellando llanuras,
naranjos y cuaresmas.
la espalda de acero de nuestro sueño nuevo.
la espera en la vigilia de tu regreso repetido.
un pasado en dos idiomas
destilado en mil recuerdos
y el mundo recorrido
poblando los estantes,
las paredes,
los rincones.
tu silencio tranquilo,
mi escándalo refugiado.

las hornallas ya bullen,
hay música en el aire.
los amigos vendrán y el tiempo será nada.
vino en las sonrisas,
babel en las palabras.
historias como mares devorarán la arena.
encenderé candelas con la casa de fiesta.
y buscaré tus brazos para abrazar la noche…
y dejaré en tus ojos las huellas del futuro…
y será tu caricia la que me deje dormida.