A días de celebrar mis 40 años, hito que había decidido calificar como el "final de mi adolescencia", como una premonición, como una señal de que todo en mi mundo estaba cambiando, me informaron que recibiría una mención especial por el cuento que había presentado en para un concurso literario, y que esa mención se transformaría en la publicación de un libro.
Quise que la llegada de esta noticia en un momento tan especial de mi vida, me significara un presagio de que el camino que estaba tratando de iniciar, me llevaría hacia algún lugar, lo más cercano posible, a lo que espero de esta vocación de escribir....
Mis palabras, por primera vez publicadas, se tranformarían en una obligación ineludible de no dejar el sendero, de mantenerme trabajando por este proyecto... de mantenerme creyendo en este proyecto...
La crisálida persiste... pero la metamorfosis avanza constante... subsiste...
sábado, 6 de agosto de 2011
viernes, 6 de mayo de 2011
Último Capítulo
- Elsa Malavecchia de González…Viuda de Fermín González, en realidad… Libreta Cívica 3388547…47, sí… como le venía diciendo oficial,…
Comisaría 34. El calor ocupaba todo el espacio como un lodo traslúcido… Mientras informaba sus datos, Elsa repasaba con la mirada las esquinas del cielorraso, calculando el largo del plumero que las liberara de aquel engarce de telas de araña, moscas y plumas minúsculas. Un ventilador chirriante pendía en el centro de la habitación, cortando el aire a un ritmo agónico, terminal, al tiempo que un trío de alguaciles repetía su danza suicida contra los tubos fluorescentes. Elsa trazaba con su índice un surco sobre el polvo del mostrador, y ahora concluía que efectivamente debía hacer ya varias semanas que nadie acercaba franela alguna por esas tablas. Detrás de ella, dos travestis desgreñados esperaban turno mascando al unísono. Elsa los espiaba a intervalos, deseando tener más tiempo para explayarse sobre los hechos…
- … y es que yo sigo la telenovela esta todas la tardes, “Conjuro de amor”, usted la sigue oficial? Ah no? Su señora?.. a no está casado? Y que está esperando?… a su edad, Fermín ya me había hecho madre de dos criaturas… bueno, sí, que siga, que siga… le decía… que ´”Conjuro de amor” empieza a las tres, cuando me levanto de mi siesta religiosa. Ah, sí! Yo todos los días me acuesto un horita a descansar la espalda, vio? Sobre todo después del ataque del ciático que tuve hace unos meses. Mi amiga Chola me dice que empiece yoga, que me va a hacer bien, pero no sé, a mi edad… meterme con eso… Así es como se termina en esas sectas que no hacen más que sacarle la plata a una…. Bueno, sí, sigo, sigo… es muy impaciente usted…. Entonces… que a las tres empieza la novela. Me preparo unos mates, es mi momento preferido del día… Tengo un televisor en la cocina, no? Que da a la placita de la avenida, ahí donde hace unos días encontraron el bebé abandonado, se enteró? Virgen Santa!!! Como hay gente que no tiene corazón, traer un bebé al mundo y entregarlo como si fuera un trapo, por si hay alguien que se apiade… Yo me hubiera hecho cargo pero ya lo tengo al Monchi, que es pequinés pero bastante tranquilo. Ni se siente el pobre… Ah, sí. Que siga con el relato, no? Es que usted me cae simpático, quién diría tan serio, pero no sé qué tiene que me hace acordar a… bueno, bueno, sigo… Y no vaya usted a creer que justo a las tres, justo, justo, empieza la gente de la murga, esta que se junta a ensayar en la placita. ¿Qué injusticia, no? Toda la santa hora con el chichungui, chichungui, que platillos, que bombos, que cornetas,… yo no sé, este país siempre copiando lo extranjero. ¿De dónde salió todo esto? Y con el calor que está haciendo… no me diga, ¿Quién puede estar con la ventana cerrada? …La cosa es que yo, que nunca molesté a nadie, no llego a escuchar nada de lo que dice la tele… Lo único que pido oficial... Ah! ¿Cabo? Bueno, cabo… en mis tiempos el carnaval no era así. Había baile en el club, cantaba Goyeneche, siempre me acuerdo, pero en la calle no se molestaba a nadie… ahora, estos de la placita ¡Por favor! Habrase visto ¡Un escándalo! No hay quien viva con ese barullo. ¡La murga! Usted viera el zafarrancho…En un barrio de gente tranquila, la verdad… Bueno tranquila, a no ser por la chica esta del séptimo, la debe haber visto por acá… Si dicen que recibe, y eso que el reglamento dice “no apto profesional”… Yo nunca lo vi, pero que se escucha, se escucha…
Pasaron los días y nada cambió,… la murga siguió ensayando en la placita y Elsa desde la ventana esperó la aparición del patrullero que, en respuesta a su denuncia, acudiera a poner un poco de cordura… Los capítulos de “Conjuro de amor” avanzaban inexorablemente hacia el final en un intervalo de tiempo que se llenaba de gritos, tambores, y estruendo… y Elsa acercaba el oído al “Grundig” tratando de descifrar las últimas palabras de cada frase, de rescatar suspiros, caricias y latidos emocionados en medio de aquel aquelarre tribal que se colaba cada siesta hasta su cocina.
Pasaron los días, pasó la semana y llegó el sábado… Horario especial, central, a las nueve. Último capítulo. Los avances prometían además, una entrevista previa a los actores y un concurso telefónico en el que adivinando el desenlace de la historia entre tres opciones, se accedía a una entrevista con el galán protagonista. Elsa saboreaba anticipadamente el premio a tantas privaciones. Dios había accedido a sus súplicas devotas y esa noche disfrutaría en el silencio y la tranquilidad propicios el final esperado. Bajó de la alacena un frasco de escabeche que tenía reservado para ocasiones especiales, descorchó un rezago de Nochebuena y, acodada sobre el hule del mantel, esperó los acordes milagrosos del violín agonizante que anunciaran desde el televisor la hora tan ansiada.
Pero a medida que se acercaba el horario de la cita, los ruidos desde la calle crecían al ritmo de la ansiedad de Elsa. Cinco minutos antes de las nueve, como un trueno del infierno, como un grito desgarrado que le estremeció las entrañas, se escuchó el primer repique de la percusión principal. Desde la placita, la murga, más escandalosa que nunca, inició su marcha hacia el corso en la avenida. Elsa se apresuró a cerrar la ventana, a correr cortinas y tapar con diarios las hendijas del marco deformado, dispuesta a la asfixia antes de que el carnaval le robara la gloria, mientras el barrio se apretaba bajo las guirnaldas de banderines y lamparitas, copiando contorsiones y saltos. Elsa contemplaba desahuciada aquella masa informe de lentejuelas y flecos, sombreros, borlas, moños y charreteras, que se arrastraba por la avenida como una serpiente china, haciendo trepar a las cornisas de aquella noche sofocada un himno frenético al que se sumaban todos … hasta la Chola, que la saludaba exultante, agitando un repasador desde el balcón de en frente. Monchi saltaba del sillón al sofá y ladraba desaforado sumándose al festejo mientras Elsa, desplomada en la silla de la cocina, dejaba que las lágrimas lavaran de sus mejillas la impotencia, y un beso eterno llenaba la pantalla muda.
Por no sentirse tan sola, por no pensar en cómo “Conjuro de amor” se había extinguido sin que ella pudiera dar fe de lo que los protagonistas tenían para decirse después de tanto silencio, Elsa bajó a mezclarse con la gente y, con su pasos cortos y torpes, bailó esa noche con el fantasma de Fermín, que le acariciaba el pelo erizado de “Spray”. Pero al momento que intentó un movimiento más osado, un globo de agua estalló en sus tobillos y resbaló irremediablemente sobre un banco que la esperó con el filo más agudo de sus bordes.
… Esa noche la guardia de emergencias se llenó de carnaval. Omar, el primer tambor, se llevó a Elsa en la camioneta hasta el hospital para que limpiaran y cocieran la herida que cruzaba sobre su ceja. Toda la murga esperaba el parte a las puertas de la sala. La cabeza de Elsa giraba como sumergida en un remolino convulsionado en el que se mezclaban los besos de “Conjuro de amor”, las guirnaldas de la avenida y los hijos de Jaime, el verdulero peruano de la esquina, bailando abrazados en la vereda. A su lado, la chica del séptimo le tomaba la mano, esperando que reaccionara de la anestesia….
Comisaría 34. El calor ocupaba todo el espacio como un lodo traslúcido… Mientras informaba sus datos, Elsa repasaba con la mirada las esquinas del cielorraso, calculando el largo del plumero que las liberara de aquel engarce de telas de araña, moscas y plumas minúsculas. Un ventilador chirriante pendía en el centro de la habitación, cortando el aire a un ritmo agónico, terminal, al tiempo que un trío de alguaciles repetía su danza suicida contra los tubos fluorescentes. Elsa trazaba con su índice un surco sobre el polvo del mostrador, y ahora concluía que efectivamente debía hacer ya varias semanas que nadie acercaba franela alguna por esas tablas. Detrás de ella, dos travestis desgreñados esperaban turno mascando al unísono. Elsa los espiaba a intervalos, deseando tener más tiempo para explayarse sobre los hechos…
- … y es que yo sigo la telenovela esta todas la tardes, “Conjuro de amor”, usted la sigue oficial? Ah no? Su señora?.. a no está casado? Y que está esperando?… a su edad, Fermín ya me había hecho madre de dos criaturas… bueno, sí, que siga, que siga… le decía… que ´”Conjuro de amor” empieza a las tres, cuando me levanto de mi siesta religiosa. Ah, sí! Yo todos los días me acuesto un horita a descansar la espalda, vio? Sobre todo después del ataque del ciático que tuve hace unos meses. Mi amiga Chola me dice que empiece yoga, que me va a hacer bien, pero no sé, a mi edad… meterme con eso… Así es como se termina en esas sectas que no hacen más que sacarle la plata a una…. Bueno, sí, sigo, sigo… es muy impaciente usted…. Entonces… que a las tres empieza la novela. Me preparo unos mates, es mi momento preferido del día… Tengo un televisor en la cocina, no? Que da a la placita de la avenida, ahí donde hace unos días encontraron el bebé abandonado, se enteró? Virgen Santa!!! Como hay gente que no tiene corazón, traer un bebé al mundo y entregarlo como si fuera un trapo, por si hay alguien que se apiade… Yo me hubiera hecho cargo pero ya lo tengo al Monchi, que es pequinés pero bastante tranquilo. Ni se siente el pobre… Ah, sí. Que siga con el relato, no? Es que usted me cae simpático, quién diría tan serio, pero no sé qué tiene que me hace acordar a… bueno, bueno, sigo… Y no vaya usted a creer que justo a las tres, justo, justo, empieza la gente de la murga, esta que se junta a ensayar en la placita. ¿Qué injusticia, no? Toda la santa hora con el chichungui, chichungui, que platillos, que bombos, que cornetas,… yo no sé, este país siempre copiando lo extranjero. ¿De dónde salió todo esto? Y con el calor que está haciendo… no me diga, ¿Quién puede estar con la ventana cerrada? …La cosa es que yo, que nunca molesté a nadie, no llego a escuchar nada de lo que dice la tele… Lo único que pido oficial... Ah! ¿Cabo? Bueno, cabo… en mis tiempos el carnaval no era así. Había baile en el club, cantaba Goyeneche, siempre me acuerdo, pero en la calle no se molestaba a nadie… ahora, estos de la placita ¡Por favor! Habrase visto ¡Un escándalo! No hay quien viva con ese barullo. ¡La murga! Usted viera el zafarrancho…En un barrio de gente tranquila, la verdad… Bueno tranquila, a no ser por la chica esta del séptimo, la debe haber visto por acá… Si dicen que recibe, y eso que el reglamento dice “no apto profesional”… Yo nunca lo vi, pero que se escucha, se escucha…
Pasaron los días y nada cambió,… la murga siguió ensayando en la placita y Elsa desde la ventana esperó la aparición del patrullero que, en respuesta a su denuncia, acudiera a poner un poco de cordura… Los capítulos de “Conjuro de amor” avanzaban inexorablemente hacia el final en un intervalo de tiempo que se llenaba de gritos, tambores, y estruendo… y Elsa acercaba el oído al “Grundig” tratando de descifrar las últimas palabras de cada frase, de rescatar suspiros, caricias y latidos emocionados en medio de aquel aquelarre tribal que se colaba cada siesta hasta su cocina.
Pasaron los días, pasó la semana y llegó el sábado… Horario especial, central, a las nueve. Último capítulo. Los avances prometían además, una entrevista previa a los actores y un concurso telefónico en el que adivinando el desenlace de la historia entre tres opciones, se accedía a una entrevista con el galán protagonista. Elsa saboreaba anticipadamente el premio a tantas privaciones. Dios había accedido a sus súplicas devotas y esa noche disfrutaría en el silencio y la tranquilidad propicios el final esperado. Bajó de la alacena un frasco de escabeche que tenía reservado para ocasiones especiales, descorchó un rezago de Nochebuena y, acodada sobre el hule del mantel, esperó los acordes milagrosos del violín agonizante que anunciaran desde el televisor la hora tan ansiada.
Pero a medida que se acercaba el horario de la cita, los ruidos desde la calle crecían al ritmo de la ansiedad de Elsa. Cinco minutos antes de las nueve, como un trueno del infierno, como un grito desgarrado que le estremeció las entrañas, se escuchó el primer repique de la percusión principal. Desde la placita, la murga, más escandalosa que nunca, inició su marcha hacia el corso en la avenida. Elsa se apresuró a cerrar la ventana, a correr cortinas y tapar con diarios las hendijas del marco deformado, dispuesta a la asfixia antes de que el carnaval le robara la gloria, mientras el barrio se apretaba bajo las guirnaldas de banderines y lamparitas, copiando contorsiones y saltos. Elsa contemplaba desahuciada aquella masa informe de lentejuelas y flecos, sombreros, borlas, moños y charreteras, que se arrastraba por la avenida como una serpiente china, haciendo trepar a las cornisas de aquella noche sofocada un himno frenético al que se sumaban todos … hasta la Chola, que la saludaba exultante, agitando un repasador desde el balcón de en frente. Monchi saltaba del sillón al sofá y ladraba desaforado sumándose al festejo mientras Elsa, desplomada en la silla de la cocina, dejaba que las lágrimas lavaran de sus mejillas la impotencia, y un beso eterno llenaba la pantalla muda.
Por no sentirse tan sola, por no pensar en cómo “Conjuro de amor” se había extinguido sin que ella pudiera dar fe de lo que los protagonistas tenían para decirse después de tanto silencio, Elsa bajó a mezclarse con la gente y, con su pasos cortos y torpes, bailó esa noche con el fantasma de Fermín, que le acariciaba el pelo erizado de “Spray”. Pero al momento que intentó un movimiento más osado, un globo de agua estalló en sus tobillos y resbaló irremediablemente sobre un banco que la esperó con el filo más agudo de sus bordes.
… Esa noche la guardia de emergencias se llenó de carnaval. Omar, el primer tambor, se llevó a Elsa en la camioneta hasta el hospital para que limpiaran y cocieran la herida que cruzaba sobre su ceja. Toda la murga esperaba el parte a las puertas de la sala. La cabeza de Elsa giraba como sumergida en un remolino convulsionado en el que se mezclaban los besos de “Conjuro de amor”, las guirnaldas de la avenida y los hijos de Jaime, el verdulero peruano de la esquina, bailando abrazados en la vereda. A su lado, la chica del séptimo le tomaba la mano, esperando que reaccionara de la anestesia….
lunes, 27 de septiembre de 2010
rayuela- capitulo 7
Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.
lunes, 23 de agosto de 2010
para lucy
humo de cigarros escondidos...
fue roxane en los oídos
de una noche prometida por gastar.
si pochola nos mirara ahora,
nos diría la rectora
“la imagen hay que cuidar”.
ya no toma más tía maría,
ya no pinta rebeldía,
ya la arena de regatas quedó atrás.
pero esta amistad alcanza y sobra
para hacerle a la memoria
homenaje una vez más.
y a hora a cantar, y ahora a cantar,
por estos 40 años de amistad.
y ahora a cantar, y ahora a cantar,
y brindemos por otros 40 más.
dos ciudades santas te abrigaron,
una extraña tu alegría
y en el kiosco tu sonrisa angelical.
la otra te acercó nuevos amigos,
una casa y los motivos
de juntar y celebrar.
bellas artes vuelan por el cielo,
“taponado” de luceros
y de amores imposibles por soñar.
y aunque hay media pampa de distancia,
los amigos de la infancia
también quisimos estar.
y a hora a cantar, y ahora a cantar,
por estos 40 años de amistad.
y ahora a cantar, y ahora a cantar,
y brindemos por otros 40 más.
fue roxane en los oídos
de una noche prometida por gastar.
si pochola nos mirara ahora,
nos diría la rectora
“la imagen hay que cuidar”.
ya no toma más tía maría,
ya no pinta rebeldía,
ya la arena de regatas quedó atrás.
pero esta amistad alcanza y sobra
para hacerle a la memoria
homenaje una vez más.
y a hora a cantar, y ahora a cantar,
por estos 40 años de amistad.
y ahora a cantar, y ahora a cantar,
y brindemos por otros 40 más.
dos ciudades santas te abrigaron,
una extraña tu alegría
y en el kiosco tu sonrisa angelical.
la otra te acercó nuevos amigos,
una casa y los motivos
de juntar y celebrar.
bellas artes vuelan por el cielo,
“taponado” de luceros
y de amores imposibles por soñar.
y aunque hay media pampa de distancia,
los amigos de la infancia
también quisimos estar.
y a hora a cantar, y ahora a cantar,
por estos 40 años de amistad.
y ahora a cantar, y ahora a cantar,
y brindemos por otros 40 más.
Fase 1: El Deseo. Hito 1
El proyecto daphne nació hace casi un año, aunque creo que estuvo tratando de germinar durante toda la última mitad de mi vida.
Hacia el final de los ’80 transitaba mi adolescencia con el corazón en las manos y una sensibilidad, que al menos yo creía especial, para decodificar en palabras, versos, canciones, historias, lo que el universo me develaba. Siempre seguí escribiendo, pero ya no como rutina habitual, e incluso elegí una profesión que me alejó un poco de ese camino.
... Y todo hubiese seguido de la misma forma, habría seguido alimentando espasmódica y esporádicamente cuadernos perdidos y papeles sueltos, olvidados en bolsillos y cajones... si una persona, a quien hoy recuerdo especialmente, no me hubiera alentado a “bajar” toda esta producción caótica en este espacio... para no perderlo, para poder volver a leerlo siempre y para compartirlo con aquellos a quienes pudiera llegar interesar... o por lo menos a intrigar.
Así surgió el proyecto daphne, que en realidad no es otra cosa que la planificación de mi vida literaria, la que hoy ni siquiera supera la crisálida, pero sueña con las alas.
El proyecto daphne está compuesto por sucesivos “hitos” los que a su vez se agruparán en tres fases: 1- el deseo; 2- el aprendizaje; 3- el vuelo.
A los que me acompañen, solamente les pido que me devuelvan la mirada que yo, aún dentro del capullo, no puedo tener.
Espero que lo disfruten conmigo.
Hacia el final de los ’80 transitaba mi adolescencia con el corazón en las manos y una sensibilidad, que al menos yo creía especial, para decodificar en palabras, versos, canciones, historias, lo que el universo me develaba. Siempre seguí escribiendo, pero ya no como rutina habitual, e incluso elegí una profesión que me alejó un poco de ese camino.
... Y todo hubiese seguido de la misma forma, habría seguido alimentando espasmódica y esporádicamente cuadernos perdidos y papeles sueltos, olvidados en bolsillos y cajones... si una persona, a quien hoy recuerdo especialmente, no me hubiera alentado a “bajar” toda esta producción caótica en este espacio... para no perderlo, para poder volver a leerlo siempre y para compartirlo con aquellos a quienes pudiera llegar interesar... o por lo menos a intrigar.
Así surgió el proyecto daphne, que en realidad no es otra cosa que la planificación de mi vida literaria, la que hoy ni siquiera supera la crisálida, pero sueña con las alas.
El proyecto daphne está compuesto por sucesivos “hitos” los que a su vez se agruparán en tres fases: 1- el deseo; 2- el aprendizaje; 3- el vuelo.
A los que me acompañen, solamente les pido que me devuelvan la mirada que yo, aún dentro del capullo, no puedo tener.
Espero que lo disfruten conmigo.
lunes, 15 de febrero de 2010
la vigilia del guerrero
cerró los ojos y esperó el silencio
y el hálito vasto del amanecer nuevo.
detuvo su paso, dejó caer su escudo.
el puño cedió contra su vientre yerto.
su memoria al aire evocó el amor
y lo trajo a su lado…
el final de la batalla es un instante dulce.
ya no podían sus manos empuñar la espada,
ya no buscaba la lucha, ni pretendía la gloria,
solo regresar al sol en el pelo
de la niña que iluminó su ocaso,
al sonido fresco del arroyo en la hierba,
a transitar de nuevo las tardes encendidas
de jazmines y pájaros.
presintió el viento lamiendo sus heridas,
robando la victoria sobre el campo helado.
y capituló al viaje perpetuo
el descanso de sus pies vencidos,
por quedarse a soñar con el rocío verde,
las guitarras roncas, el vino a la mesa,
los aromas viejos de pan y madera.
esa noche el cielo le acercó la luna.
y el hálito vasto del amanecer nuevo.
detuvo su paso, dejó caer su escudo.
el puño cedió contra su vientre yerto.
su memoria al aire evocó el amor
y lo trajo a su lado…
el final de la batalla es un instante dulce.
ya no podían sus manos empuñar la espada,
ya no buscaba la lucha, ni pretendía la gloria,
solo regresar al sol en el pelo
de la niña que iluminó su ocaso,
al sonido fresco del arroyo en la hierba,
a transitar de nuevo las tardes encendidas
de jazmines y pájaros.
presintió el viento lamiendo sus heridas,
robando la victoria sobre el campo helado.
y capituló al viaje perpetuo
el descanso de sus pies vencidos,
por quedarse a soñar con el rocío verde,
las guitarras roncas, el vino a la mesa,
los aromas viejos de pan y madera.
esa noche el cielo le acercó la luna.
sábado, 28 de noviembre de 2009
resiliencia
nuevamente de pie...
el cuero resiste y el corazón batalla.
la sangre se seca sobre mis heridas viejas.
recojo mis huesos, recobro mi aliento.
el sol le ha ganado otra vez a mi noche,
y aquí estoy de nuevo,
sosteniendo el camino en mi mirada,
olvidando mis huellas para pisar mi futuro
nuevamente de pie...
y aún persisto en la esperanza
de que los días nuevos valgan la vigilia
y el dolor y el miedo y el vacío transitados.
presiento la certeza de mi propia fuerza.
la vuelvo mi escudo, la declaro mi insignia.
si tanto he cedido, tanto he resignado,
todo lo he perdido por retener tu abrazo.
nuevamente de pie
ya he esperado tanto… tanto he combatido,
y aunque mi boca sabe a derrota y espanto,
te extiendo mis manos para que me sigas,
para que te quedes conmigo.
porque no se de nada que no te nombre,
no tengo espacio para que no me habites,
no doy pelea que no sea tu causa.
el cuero resiste y el corazón batalla.
la sangre se seca sobre mis heridas viejas.
recojo mis huesos, recobro mi aliento.
el sol le ha ganado otra vez a mi noche,
y aquí estoy de nuevo,
sosteniendo el camino en mi mirada,
olvidando mis huellas para pisar mi futuro
nuevamente de pie...
y aún persisto en la esperanza
de que los días nuevos valgan la vigilia
y el dolor y el miedo y el vacío transitados.
presiento la certeza de mi propia fuerza.
la vuelvo mi escudo, la declaro mi insignia.
si tanto he cedido, tanto he resignado,
todo lo he perdido por retener tu abrazo.
nuevamente de pie
ya he esperado tanto… tanto he combatido,
y aunque mi boca sabe a derrota y espanto,
te extiendo mis manos para que me sigas,
para que te quedes conmigo.
porque no se de nada que no te nombre,
no tengo espacio para que no me habites,
no doy pelea que no sea tu causa.
lunes, 26 de octubre de 2009
de la magia y el destino
Meses atrás, la pared de una de las salas de mi madre se pobló inesperadamente de una constelación de retratos antiguos. Ella misma los había rescatado de los baúles herrumbrados donde habían permanecido en un letargo casi centenario. Repasando en detalle aquella sepia monocromía, recortada pesadamente en un escándalo de formas y tamaños, me capturó el salón de la mítica Confitería Sangiorgio.
Mi tatarabuelo, Calo Sangiorgio, un genovés testarudo y progresista, la había fundado por los días en que el pueblo estrenaba siglo en cinco idiomas. Durante años, se disputó con el Club Social la jerarquía de “sede de encuentro” de la acicalada y floreciente sociedad local, y a sus mesas se congregaban comerciantes emprendedores, hacendados satisfechos, intelectuales febriles y anarquistas en fuga. No por falta de escudo, esta pequeña elite cosmopolita adolecía de estilo y entre naipes, caña y tabaco, se amalgamaba puntualmente bajo la tutela de los gobelinos de Sangiorgio.
El orgullo de Calo eran sus licores, sus helados y sus pannetone, todos elaborados según las recetas estrictas que había aprendido durantes sus meses a bordo del Principessa Mafalda. Sin quererlo, quizás también a su pesar, había zarpado de Génova como armador de barcos y había arribado transformado en repostero y licorista. Con el tiempo, el pueblo entero terminó por sucumbir a sus manjares, que destilaban almíbares, especias, y óperas de Verdi.
La fotografía me había impresionado al punto que temí que si no dejaba de mirarla, cobraría vida, como si los personajes retratados estuvieran esperando alguna señal para empezar a hablar y circular entre sillas y escaparates, y el humo de las pipas a trepar errante hasta las cornisas, y el péndulo del reloj a resistir en dos tiempos su cautiverio. Acodado sobre el mostrador caoba, los mostachos del abuelo Calo dominaban el mar de panamás y bombines. Intercalados con las mesas, los mozos, de chaleco y delantales al tobillo, sonreían diligentes con las bandejas en alto. En primer plano, el juez de paz miraba a la cámara severo, una mano sobre la otra y las dos sobre la empuñadura de su bastón de bambú y detrás de él, los peinados a la gomina contenían, sin mucho éxito, varios intentos revolucionarios.
A través del cristal de las carameleras asomaban cómplices las cabezas enmarañadas de la nieta menor de Calo, mi abuela Mecha, y de Margarita, cuarta hija de Natividad, la cocinera principal. O Nati, como todos la llamaban, una correntina, todo amor y melaza, que se había descolgado por el río escapándole a un cafisho vengativo y pendenciero. Al descubrirlas en la imagen, recordé una de las historias con las que a Mecha, ya abuela de nueve nietos, le gustaba acompañar las sobremesas de anises y peladillas.
Al momento en que había sido tomada la fotografía mi abuela habría tenido unos diez años y Margarita debería entonces haber cumplido los catorce. Andaban siempre juntas. Hurgaban los rincones del salón y la cocina como si necesitaran develar algún misterio extraordinario. Habían descubierto también que Becker pagaba mejor que Lugones a la hora de agobiar a los parroquianos con maratones poéticas a cambio de monedas, y la estrategia perfecta para hurtar de la despensa huevos de codorniz y dulce de cayote. Nati, que estaba al tanto de estas incursiones, pasaba de ejercer controles, en el caótico ajetreo de su rutina. Menos se esperaba del abuelo Calo, siempre absorto en su música, su política, sus fantasmas ligures y los vahos de una nostalgia teñida de agradecimiento por todo lo que había vivido en su ya septuagenaria existencia. Así las cosas, las niñas habían montado en la bodega, escaleras abajo, su base de operaciones y desde allí controlaban los movimientos, las noticias, los secretos e intrigas que circulaban sobre las baldosas en damero del salón.
Seguían al día las novedades sobre la cruzada de Benoit, un joven ingeniero alsaciano que había llegado al pueblo al frente de la ampliación del puerto. A un mes de su arribo, había conocido a la hija del intendente Berrueta, María Elisa, y desde entonces gastaba las noches de cigarrillos eternos desarrollando tácticas imposibles para conseguir su atención. Todas las tardes, a la hora en que las mantillas negras se copiaban en el camino a la catedral, y la pirámide de la plaza conseguía su sombra más larga, Benoit pasaba por el mostrador de Calo a morigerar su amorosa desazón y relataba en tono épico, los mágicos encuentros provocados.
Tanto Nati como las niñas habían subscripto de manera inmediata a la causa alsaciana porque el joven parecía tener buenas intenciones, pero por sobre todas las cosas, porque se entregaban embelezadas al embrujo de su exótico y refinado acento. Calo se limitaba a escrutarlo a través de sus tupidas cejas, mientras le servía la segunda vuelta de bebida esperando encontrar la manera de ayudarle, tal vez en pos de resarcir alguna historia de amor frustrado, de esas que nadie conocía porque se habían quedado del otro lado del océano. Y al fin un día golpeó el mostrador con tanta fuerza, que las copas y las botellas parecieron dar la última llamada a misa de siete. Su genio iluminado había conseguido resolver la manera de aliviar la agonía enamorada de Benoit y aprovechar el beneficio político de recibir en su prestigioso local a la familia entera del intendente. Usted haga lo que le digo y verá como nos ponemos al padre en el bolsillo. Invite a toda la familia a cenar el jueves, como si fuera cosa de homenaje de su empresa a la intendencia. Nati y yo nos encargaremos del resto, y ya va a ver, esa niña no tendrá ojos para otros ojos.
Esa noche, Calo se abotonó orgulloso la levita a rayas, lustró los cristales de las vitrinas y la plata de los cubiertos, y miró cincuenta veces su reloj de cadena, esperando la hora en que la Confitería Sangiorgio abriera las puertas a los Berrueta en pleno. Nati se había pasado la tarde cocinando, los pómulos enrojecidos al calor de los fuegos. Faisanes, pasteles, sopa de profiteroles, risotto, conejos guisados con alubias e hinojos, mazapán con frutas. Un menú de seis platos infalibles que Calo había elegido regar con las joyas de la bodega. Entre morteros, cucharas y cobres, las niñas habían participado de los esmerados preparativos y detrás del costal de harina, Margarita le reveló a Mecha el más celoso de todos los secretos culinarios de la correntina. Esa noche, cuando sirvieran el postre se obraría un milagro. Nati había preparado los tocinos del cielo con una receta heredada de sus ancestros hechiceros, de probado éxito en la producción de parejas felices. Qué mejor excusa para medir el efecto de la brujería guaraní que la de ayudar al bueno de Benoit en su quimera.
El ingeniero llegó puntual a las ocho. El pelo engominado, gemelos y corbatín obligatorios, su traje desprendía perfume de azares y madera, y la camisa nívea refulgía con el mismo brillo de su sonrisa impecable. Estaba tan emocionado por su destino inminente, que el encanto de su acento había cedido a un tartamudeo torpe e intermitente que crispaba los nervios de Calo, quien trataba de concentrarse en el ensayo del discurso de bienvenida.
Fueron dos horas infinitas. El mantel se opacaba ante la fatiga inevitable de las lámparas de aceite. Benoit cruzaba con paso firme el salón de un lado a otro, tratando de mitigar su angustia incontenible, y los dedos de Calo repiqueteaban impacientes sobre la mesa, mientras deseaba no haber anunciado el evento con tanta pompa. A su lado, su nieta ya se había quedado dormida, cuando abrió la puerta Belisario, el hijo menor de los Berrueta. Tratando de impostar una voz varonil que lo traicionaba, refirió las disculpas de su familia por haber faltado al convite y aclaró especialmente, que su padre mandaba a decir “quenofaltaráoportunidad”. María Elisa, se había refugiado inexpugnable, insensible a las súplicas de sus padres, en la casa de una tía cómplice, desde donde había escrito una discreta misiva que el niño acercó respetuoso a la huesuda mano de Benoit. Estimado caballero: espero que llegue a perdonar la involuntaria ofensa que le he provocado. No es mi intensión afligirlo. Lo cierto que he decidido, muy a pesar de mi familia, ingresar al noviciado y tomar los votos en el convento del Loreto, y en tales circunstancias, no corresponde de mi parte alentar sus esperanzas de manera tan irresponsable. Espero que pueda encontrar en la vida la paz con la que Dios hoy me ha bendecido. María Elisa.
Calo apagó secamente la fonola y se bebió de un trago un vaso de caña. Benoit dejó caer el papel al suelo con la miraba perdida en los faroles que persistían en la bruma de la plaza. Mecha se desesperezó ausente y Margarita le susurró al oído toda la circunstancia. No habría magia esa noche. María Elisa no había llegado al postre. Y la nube de mariposas y flores que la niña había imaginado emerger del beso prometido, se desvaneció al tiempo que Nati empezó a fraccionar la comida para llevar al hogar de ancianos al día siguiente.
Benoit arrastró los pasos hasta la puerta de salida y se detuvo en el umbral, desde donde se quedó mirando el cielo con lágrimas en los ojos. Por consolarlo nomás, Margarita corrió hacia él con un trozo irresistible del postre mágico. El joven lo agradeció conmovido y emprendió el regreso saboreándolo devastado.
Pasaron seis meses de la frustrada cena y Nati bendecía el matrimonio de su hija con el francés, al tiempo que elegía los nombres para su primer nieto, que llegaría arrancándole diez días al otoño. La obra del puerto terminó y Margarita siguió a su esposo hacia su nuevo destino.
Una tarde, mientras Calo le sacaba brillo a los anaqueles, Mecha irrumpió sorpresivamente con una afirmación rotunda y fulminante. Nati le pone magias de amor a la comida, por eso Benoit se enamoró de Margarita, porque se comió el postre. Calo le acarició la mejilla, enternecido, respondió que aún era muy joven para entender de esas cosas, que no debía andar diciendo tonterías y que no eran magias sino el destino, que siempre triunfaba en unir a las almas gemelas. La respuesta no fue del todo satisfactoria, pero con el tiempo, mi abuela se olvidó de todo el asunto.
Muchos años después de que el destino, o lo que fuera, le acercara a Mecha su propia alma gemela, la casa se poblaba con los gritos y las risas de sus nietos. Una tarde, sorpresivamente, tocó a la puerta Margarita, convertida en una elegante anciana de orquillas al pelo y anillos en las manos. Se aferró a la abuela en un abrazo interminable. Se pasaron las horas repasando, como podían, sus historias. Benoit había muerto en Argelia durante la guerra, pero había llegado a dejarle a Margarita, dos hijos maravillosos y una casa con malvones y violetas. Margarita había decidido regresar al pueblo para ver por última vez a sus hermanos, ya que presentía que no le quedaba mucho tiempo, sentimiento que expresaba con la alegría de quien ha vivido y ha amado intensamente.
Mecha le tomó la mano, y con los mismos ojos sorprendidos con que escuchaba el relato revelado en su niñez, desempolvó la historia del postre milagroso y la escéptica explicación de Calo. Margarita suspiró dos veces, sonrió serena y como si estuviera hablando con su amiga de diez años, le respondió: Un día interrogué a Benoit, quería estar segura que ya no recordaba a María Elisa. Él me respondió que la noche de la cena, regresando al hotel, había sentido un sudor frío en las manos, un leve mareo y la vista nublada. Atribuyó el malestar al desencanto de lo sucedido. Sin embargo, esa noche no pudo dormir pensando en la niña que había endulzado su derrota. Días después, pasaba por la escuela para regalarle caramelos de miel… Y nunca pudimos separarnos.
Varias horas más tarde, la abuela despidió a Margarita en el zaguán sabiendo que no volvería a verla, con el alma satisfecha del reencuentro y la certeza que el destino no siempre se lleva todo el crédito.
La Confitería Sangiorgio funcionó en San Nicolás, desde 1880 hasta 1937, en la esquina de las actuales calles Mitre y Sarmiento.
Mi tatarabuelo, Calo Sangiorgio, un genovés testarudo y progresista, la había fundado por los días en que el pueblo estrenaba siglo en cinco idiomas. Durante años, se disputó con el Club Social la jerarquía de “sede de encuentro” de la acicalada y floreciente sociedad local, y a sus mesas se congregaban comerciantes emprendedores, hacendados satisfechos, intelectuales febriles y anarquistas en fuga. No por falta de escudo, esta pequeña elite cosmopolita adolecía de estilo y entre naipes, caña y tabaco, se amalgamaba puntualmente bajo la tutela de los gobelinos de Sangiorgio.
El orgullo de Calo eran sus licores, sus helados y sus pannetone, todos elaborados según las recetas estrictas que había aprendido durantes sus meses a bordo del Principessa Mafalda. Sin quererlo, quizás también a su pesar, había zarpado de Génova como armador de barcos y había arribado transformado en repostero y licorista. Con el tiempo, el pueblo entero terminó por sucumbir a sus manjares, que destilaban almíbares, especias, y óperas de Verdi.
La fotografía me había impresionado al punto que temí que si no dejaba de mirarla, cobraría vida, como si los personajes retratados estuvieran esperando alguna señal para empezar a hablar y circular entre sillas y escaparates, y el humo de las pipas a trepar errante hasta las cornisas, y el péndulo del reloj a resistir en dos tiempos su cautiverio. Acodado sobre el mostrador caoba, los mostachos del abuelo Calo dominaban el mar de panamás y bombines. Intercalados con las mesas, los mozos, de chaleco y delantales al tobillo, sonreían diligentes con las bandejas en alto. En primer plano, el juez de paz miraba a la cámara severo, una mano sobre la otra y las dos sobre la empuñadura de su bastón de bambú y detrás de él, los peinados a la gomina contenían, sin mucho éxito, varios intentos revolucionarios.
A través del cristal de las carameleras asomaban cómplices las cabezas enmarañadas de la nieta menor de Calo, mi abuela Mecha, y de Margarita, cuarta hija de Natividad, la cocinera principal. O Nati, como todos la llamaban, una correntina, todo amor y melaza, que se había descolgado por el río escapándole a un cafisho vengativo y pendenciero. Al descubrirlas en la imagen, recordé una de las historias con las que a Mecha, ya abuela de nueve nietos, le gustaba acompañar las sobremesas de anises y peladillas.
Al momento en que había sido tomada la fotografía mi abuela habría tenido unos diez años y Margarita debería entonces haber cumplido los catorce. Andaban siempre juntas. Hurgaban los rincones del salón y la cocina como si necesitaran develar algún misterio extraordinario. Habían descubierto también que Becker pagaba mejor que Lugones a la hora de agobiar a los parroquianos con maratones poéticas a cambio de monedas, y la estrategia perfecta para hurtar de la despensa huevos de codorniz y dulce de cayote. Nati, que estaba al tanto de estas incursiones, pasaba de ejercer controles, en el caótico ajetreo de su rutina. Menos se esperaba del abuelo Calo, siempre absorto en su música, su política, sus fantasmas ligures y los vahos de una nostalgia teñida de agradecimiento por todo lo que había vivido en su ya septuagenaria existencia. Así las cosas, las niñas habían montado en la bodega, escaleras abajo, su base de operaciones y desde allí controlaban los movimientos, las noticias, los secretos e intrigas que circulaban sobre las baldosas en damero del salón.
Seguían al día las novedades sobre la cruzada de Benoit, un joven ingeniero alsaciano que había llegado al pueblo al frente de la ampliación del puerto. A un mes de su arribo, había conocido a la hija del intendente Berrueta, María Elisa, y desde entonces gastaba las noches de cigarrillos eternos desarrollando tácticas imposibles para conseguir su atención. Todas las tardes, a la hora en que las mantillas negras se copiaban en el camino a la catedral, y la pirámide de la plaza conseguía su sombra más larga, Benoit pasaba por el mostrador de Calo a morigerar su amorosa desazón y relataba en tono épico, los mágicos encuentros provocados.
Tanto Nati como las niñas habían subscripto de manera inmediata a la causa alsaciana porque el joven parecía tener buenas intenciones, pero por sobre todas las cosas, porque se entregaban embelezadas al embrujo de su exótico y refinado acento. Calo se limitaba a escrutarlo a través de sus tupidas cejas, mientras le servía la segunda vuelta de bebida esperando encontrar la manera de ayudarle, tal vez en pos de resarcir alguna historia de amor frustrado, de esas que nadie conocía porque se habían quedado del otro lado del océano. Y al fin un día golpeó el mostrador con tanta fuerza, que las copas y las botellas parecieron dar la última llamada a misa de siete. Su genio iluminado había conseguido resolver la manera de aliviar la agonía enamorada de Benoit y aprovechar el beneficio político de recibir en su prestigioso local a la familia entera del intendente. Usted haga lo que le digo y verá como nos ponemos al padre en el bolsillo. Invite a toda la familia a cenar el jueves, como si fuera cosa de homenaje de su empresa a la intendencia. Nati y yo nos encargaremos del resto, y ya va a ver, esa niña no tendrá ojos para otros ojos.
Esa noche, Calo se abotonó orgulloso la levita a rayas, lustró los cristales de las vitrinas y la plata de los cubiertos, y miró cincuenta veces su reloj de cadena, esperando la hora en que la Confitería Sangiorgio abriera las puertas a los Berrueta en pleno. Nati se había pasado la tarde cocinando, los pómulos enrojecidos al calor de los fuegos. Faisanes, pasteles, sopa de profiteroles, risotto, conejos guisados con alubias e hinojos, mazapán con frutas. Un menú de seis platos infalibles que Calo había elegido regar con las joyas de la bodega. Entre morteros, cucharas y cobres, las niñas habían participado de los esmerados preparativos y detrás del costal de harina, Margarita le reveló a Mecha el más celoso de todos los secretos culinarios de la correntina. Esa noche, cuando sirvieran el postre se obraría un milagro. Nati había preparado los tocinos del cielo con una receta heredada de sus ancestros hechiceros, de probado éxito en la producción de parejas felices. Qué mejor excusa para medir el efecto de la brujería guaraní que la de ayudar al bueno de Benoit en su quimera.
El ingeniero llegó puntual a las ocho. El pelo engominado, gemelos y corbatín obligatorios, su traje desprendía perfume de azares y madera, y la camisa nívea refulgía con el mismo brillo de su sonrisa impecable. Estaba tan emocionado por su destino inminente, que el encanto de su acento había cedido a un tartamudeo torpe e intermitente que crispaba los nervios de Calo, quien trataba de concentrarse en el ensayo del discurso de bienvenida.
Fueron dos horas infinitas. El mantel se opacaba ante la fatiga inevitable de las lámparas de aceite. Benoit cruzaba con paso firme el salón de un lado a otro, tratando de mitigar su angustia incontenible, y los dedos de Calo repiqueteaban impacientes sobre la mesa, mientras deseaba no haber anunciado el evento con tanta pompa. A su lado, su nieta ya se había quedado dormida, cuando abrió la puerta Belisario, el hijo menor de los Berrueta. Tratando de impostar una voz varonil que lo traicionaba, refirió las disculpas de su familia por haber faltado al convite y aclaró especialmente, que su padre mandaba a decir “quenofaltaráoportunidad”. María Elisa, se había refugiado inexpugnable, insensible a las súplicas de sus padres, en la casa de una tía cómplice, desde donde había escrito una discreta misiva que el niño acercó respetuoso a la huesuda mano de Benoit. Estimado caballero: espero que llegue a perdonar la involuntaria ofensa que le he provocado. No es mi intensión afligirlo. Lo cierto que he decidido, muy a pesar de mi familia, ingresar al noviciado y tomar los votos en el convento del Loreto, y en tales circunstancias, no corresponde de mi parte alentar sus esperanzas de manera tan irresponsable. Espero que pueda encontrar en la vida la paz con la que Dios hoy me ha bendecido. María Elisa.
Calo apagó secamente la fonola y se bebió de un trago un vaso de caña. Benoit dejó caer el papel al suelo con la miraba perdida en los faroles que persistían en la bruma de la plaza. Mecha se desesperezó ausente y Margarita le susurró al oído toda la circunstancia. No habría magia esa noche. María Elisa no había llegado al postre. Y la nube de mariposas y flores que la niña había imaginado emerger del beso prometido, se desvaneció al tiempo que Nati empezó a fraccionar la comida para llevar al hogar de ancianos al día siguiente.
Benoit arrastró los pasos hasta la puerta de salida y se detuvo en el umbral, desde donde se quedó mirando el cielo con lágrimas en los ojos. Por consolarlo nomás, Margarita corrió hacia él con un trozo irresistible del postre mágico. El joven lo agradeció conmovido y emprendió el regreso saboreándolo devastado.
Pasaron seis meses de la frustrada cena y Nati bendecía el matrimonio de su hija con el francés, al tiempo que elegía los nombres para su primer nieto, que llegaría arrancándole diez días al otoño. La obra del puerto terminó y Margarita siguió a su esposo hacia su nuevo destino.
Una tarde, mientras Calo le sacaba brillo a los anaqueles, Mecha irrumpió sorpresivamente con una afirmación rotunda y fulminante. Nati le pone magias de amor a la comida, por eso Benoit se enamoró de Margarita, porque se comió el postre. Calo le acarició la mejilla, enternecido, respondió que aún era muy joven para entender de esas cosas, que no debía andar diciendo tonterías y que no eran magias sino el destino, que siempre triunfaba en unir a las almas gemelas. La respuesta no fue del todo satisfactoria, pero con el tiempo, mi abuela se olvidó de todo el asunto.
Muchos años después de que el destino, o lo que fuera, le acercara a Mecha su propia alma gemela, la casa se poblaba con los gritos y las risas de sus nietos. Una tarde, sorpresivamente, tocó a la puerta Margarita, convertida en una elegante anciana de orquillas al pelo y anillos en las manos. Se aferró a la abuela en un abrazo interminable. Se pasaron las horas repasando, como podían, sus historias. Benoit había muerto en Argelia durante la guerra, pero había llegado a dejarle a Margarita, dos hijos maravillosos y una casa con malvones y violetas. Margarita había decidido regresar al pueblo para ver por última vez a sus hermanos, ya que presentía que no le quedaba mucho tiempo, sentimiento que expresaba con la alegría de quien ha vivido y ha amado intensamente.
Mecha le tomó la mano, y con los mismos ojos sorprendidos con que escuchaba el relato revelado en su niñez, desempolvó la historia del postre milagroso y la escéptica explicación de Calo. Margarita suspiró dos veces, sonrió serena y como si estuviera hablando con su amiga de diez años, le respondió: Un día interrogué a Benoit, quería estar segura que ya no recordaba a María Elisa. Él me respondió que la noche de la cena, regresando al hotel, había sentido un sudor frío en las manos, un leve mareo y la vista nublada. Atribuyó el malestar al desencanto de lo sucedido. Sin embargo, esa noche no pudo dormir pensando en la niña que había endulzado su derrota. Días después, pasaba por la escuela para regalarle caramelos de miel… Y nunca pudimos separarnos.
Varias horas más tarde, la abuela despidió a Margarita en el zaguán sabiendo que no volvería a verla, con el alma satisfecha del reencuentro y la certeza que el destino no siempre se lleva todo el crédito.
La Confitería Sangiorgio funcionó en San Nicolás, desde 1880 hasta 1937, en la esquina de las actuales calles Mitre y Sarmiento.
mis manos, tus ojos
mis manos vuelan, se despliegan, se deslizan,
agitan el aire, lo capturan, lo liberan…
tus ojos las persiguen, las sostienen, las enfocan…
recorren la anárquica estela de su danza.
una gota fría resbala en el cristal, la música diluye las voces ajenas
y las palabras continúan…
nos sumergen como un río desbordado,
nos conducen, nos aislan:
los celos, los amores, las malas decisiones,
las libertades ganadas en los espacios incompletos,
las preguntas oportunas, las respuestas precisas,
las leyes y excepciones, los monopolios, las tiranías…
tu abnegada abstinencia contiene mi narcosis.
persisto en la distancia, pero te entrego confesiones….
mis manos escapan, retroceden y arremeten,
dibujan a tus ojos el adn de mi vida.
tus ojos las escrutan, las sopesan, las calculan,
midiendo el espesor binario de mis gestos.
ya no me indagues, ya no me explores, no me definas…
que tus ojos descansen al fin y se queden
en el arco de mi ceja, en la carne de mi boca, en el filo de mi cuello…
y recojan de la luz la certeza de este instante.
no hay misterio detrás de lo evidente,
no hay misterio...ni vale la pena.
agitan el aire, lo capturan, lo liberan…
tus ojos las persiguen, las sostienen, las enfocan…
recorren la anárquica estela de su danza.
una gota fría resbala en el cristal, la música diluye las voces ajenas
y las palabras continúan…
nos sumergen como un río desbordado,
nos conducen, nos aislan:
los celos, los amores, las malas decisiones,
las libertades ganadas en los espacios incompletos,
las preguntas oportunas, las respuestas precisas,
las leyes y excepciones, los monopolios, las tiranías…
tu abnegada abstinencia contiene mi narcosis.
persisto en la distancia, pero te entrego confesiones….
mis manos escapan, retroceden y arremeten,
dibujan a tus ojos el adn de mi vida.
tus ojos las escrutan, las sopesan, las calculan,
midiendo el espesor binario de mis gestos.
ya no me indagues, ya no me explores, no me definas…
que tus ojos descansen al fin y se queden
en el arco de mi ceja, en la carne de mi boca, en el filo de mi cuello…
y recojan de la luz la certeza de este instante.
no hay misterio detrás de lo evidente,
no hay misterio...ni vale la pena.
martes, 25 de agosto de 2009
el ángel
en la noche del gótico, un ángel lloró…
sus alas húmedas bajo el primer rocío
no pudieron abrirse para retomar el vuelo.
la cabeza trémula de pena derrotada…
temblaron sus manos sobre el vientre desvastado.
era éste el castigo por haber amado a un hombre,
por dejar el cielo helado
tras esta tierra de lunas y vientos enloquecidos?
a la vera del tiempo había crecido su sueño
recortado en la ventana iluminada de música y especias,
donde había engendrado la vida y la había esperado.
había deseado la espera y le había temido.
ahora solo anhelaba la lluvia sobre las lajas de Saint Jaume
y el abrazo blanco de su amor herido.
ya solo esperaba el mar
y el peñasco prometidos.
cerró los ojos y observó la ciudad…
las cúpulas somnolientas destilando el estallido de las ramblas,
candentes de malvones los hierros modernistas,
las gárgolas templarias en tierra de moros,
agonizantes las farolas,
dibujando la acera con su propia sombra.
observó la ciudad y cerró los ojos.
lo supo… fue la última lágrima en su perfil de jazmines.
ya nada le importó si todo estaba escrito.
se había extinguido la pequeña llama
pero su corazón quiso retener el brillo.
la eligió su sol. la soñó su estrella.
llenaría de luz el espacio de su olvido.
imaginaría su rostro y amaría su sonrisa
y sería el nombre de su propia fortaleza.
cuando volviera el alba y el temor a la nada,
pensaría en ella…
sus alas húmedas bajo el primer rocío
no pudieron abrirse para retomar el vuelo.
la cabeza trémula de pena derrotada…
temblaron sus manos sobre el vientre desvastado.
era éste el castigo por haber amado a un hombre,
por dejar el cielo helado
tras esta tierra de lunas y vientos enloquecidos?
a la vera del tiempo había crecido su sueño
recortado en la ventana iluminada de música y especias,
donde había engendrado la vida y la había esperado.
había deseado la espera y le había temido.
ahora solo anhelaba la lluvia sobre las lajas de Saint Jaume
y el abrazo blanco de su amor herido.
ya solo esperaba el mar
y el peñasco prometidos.
cerró los ojos y observó la ciudad…
las cúpulas somnolientas destilando el estallido de las ramblas,
candentes de malvones los hierros modernistas,
las gárgolas templarias en tierra de moros,
agonizantes las farolas,
dibujando la acera con su propia sombra.
observó la ciudad y cerró los ojos.
lo supo… fue la última lágrima en su perfil de jazmines.
ya nada le importó si todo estaba escrito.
se había extinguido la pequeña llama
pero su corazón quiso retener el brillo.
la eligió su sol. la soñó su estrella.
llenaría de luz el espacio de su olvido.
imaginaría su rostro y amaría su sonrisa
y sería el nombre de su propia fortaleza.
cuando volviera el alba y el temor a la nada,
pensaría en ella…
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